A ocho años de la muerte de Ernesto Sabato, este texto hace un homenaje al autor argentino recordando su obsesión con la pérdida de visión.

Larga vida es la que tuvo Ernesto Sabato. Murió el 30 de abril de 2011, a los casi cien años de edad. Le tocó la transformación de Argentina. Fue testigo de la terrible dictadura, presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y, en 1984, mismo año que recibió el Premio Cervantes, entregó la investigación Nunca más, que llevó a las juntas militares a juicio.

Nunca más se conoce también como Informe Sabato, pero mi informe favorito del escritor argentino es el dedicado a los ciegos: “¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria”. El que escribe es Fernando Vidal Olmos, un hombre desalmado que insiste en la existencia de la Santa Sede de los Ciegos, que trama un complot para destruir al mundo. ¿Los responsables? Personas ciegas. La clave del texto es la dualidad humana (a partir de la decadencia de un hombre, Vidal Olmos). La ceguera en Sabato puede considerarse una metáfora de lo que nos esclaviza –esta idea la expone con más profundidad en Hombres y engranajes a partir de cómo progreso tecnológico nos supera–.

Ilustración: Oldemar González

El “Informe sobre ciegos” forma parte de Sobre héroes y tumbas. Estoy releyendo esta novela y han pasado veinte años desde la primera vez. Mi ejemplar de segunda mano no es la misma edición de ese entonces. La Biblioteca Estatal Miguel N. Lira de Tlaxcala contaba con este libro de Ernesto Sabato únicamente para préstamo domiciliario. ¿Cómo llegué a él? Supongo que fue mi necedad de ir más allá de la narrativa de Jean Paul Sartre y Albert Camus. No estoy segura, pero me atrevo a afirmar que algún sitio de GeoCities, con un primitivo diseño de fondo negro con letras en amarillo chillón, debió preséntarmelo. Conociéndome o conociendo a la Karen de trece años lo más seguro es que leyera una frase que me impactó de tal manera que no pudiera sacarla de mi cabeza: “Es digno de ser meditado el hecho de que, cada vez que es posible, el hombre elimina apresuradamente el infinito” o “El hombre es conservador. Pero cuando esa tendencia se debilita, las revoluciones se encargan de renovarla”.1 Fue así que me convencí de buscar al también físico argentino entre los estantes de la biblioteca de mi terruño.

En The Story of Blindness, Gabriel Farrell indica que “hay que recordar que la ceguera humana es tan antigua como la vida misma. Y desde tiempos ancestrales, el ciego ha despertado una compasión basada principalmente en dos emociones casi conflictivas: el miedo y la lástima. El miedo, no del ciego, sino hacia la pérdida de la propia vista, genera en las personas una compasión que les hace querer ayudar a los ciegos y hacerles la vida lo más fácil posible”.2

 Las referencias literarias a la ceguera son variadas y parece que parten de esa misericordia. En El hombre que ríe, Victor Hugo aborda lo que él consideraba “un drama del alma”. Uno de los personajes, Dea, es una niña rescatada del frío que se quedó ciega por la nieve: “La gota serena había paralizado para siempre las pupilas de aquella niña convertida a su vez en mujer. En su rostro, a través del cual no pasaba la luz, las comisuras de los labios tristemente rebajados expresaban esa contrariedad amarga.” El poeta John Milton, en su Sansón Agonista, se lamenta:

¡Estar ciego entre crueles enemigos
es peor que cadenas y mazmorras,
peor que edad decrépita o pobreza!
Primera obra de Dios, la luz no existe
para mí, ni sus objetos de deleite
que hubieran aliviado mis angustias;
ahora menos son que los más viles
hombres o gusanos; me superan,
los más viles se arrastran pero ven;
a oscuras, en la luz, expuesto estoy
a engaños y desprecio, abuso y males,
afuera y dentro, siempre como un necio,
en poder de otros, no en el mío nunca;
vivir parezco apenas, medio muerto.

Lo más conocido que escribió Ernesto Sabato es “Informe sobre ciegos” y se origina, al contrario lo que afirma Farrell en su libro escrito en 1956, del miedo a los ciegos. El escritor argentino se apropió, en su obra, de la ceguera. El origen de la obsesión fue prácticamente desconocida para el autor: “No se porque lo tengo [este interés]. Todo lo que sé [sobre la ceguera] es lo que he escrito en Sobre héroes y tumbas […] Y la palabra “sé” debe ir entre comillas. Mi conocimiento de la ceguera no es uno conceptual. Estos mensajes vinieron desde la parte más profunda de la Inconsciencia”.3

Sus miedos más primitivos se encuentran en esta parte de la novela: “Si fuera un poco más necio podría acaso jactarme de haber confirmado con esas investigaciones la hipótesis que desde muchacho imaginé sobre el mundo de los ciegos, ya que fueron las pesadillas y alucinaciones de mi infancia las que me trajeron la primera revelación. Luego, a medida que fui creciendo, fue acentuándose mi prevención contra esos usurpadores, especie de chantajistas morales que, cosa natural, abundan en los subterráneos, por esa condición que los emparenta con los animales de sangre fría y piel resbaladiza”.

¿Quiénes son esos ciegos? Son los que forman parte de una “Organización”. Podemos ser víctimas de ellos pero no hay que tomárselo literalmente. El potencial interpretativo de este pasaje narrativo de Sobre héroes y tumbas hace que pensemos en la diferencia. La ceguera metafórica es la que domina nuestra pésima relación con el mundo y cómo somos arrastrados hacia la decadencia.4 El escritor, entonces, es el intermediario entre lo tangible y lo pesadillesco. Hace uso de la figura de los ciegos para criticar el oscurantismo que persiste. Sabato se refiere a que estamos para los demás. La mirada que tenemos corre el peligro de cegarse y, entonces, todo nos parecerá imperceptible y marcharemos “ hacia el horror, (…) penetrando en las regiones prohibidas donde empieza a reinar la oscuridad metafísica, vislumbrando aquí y allá, al comienzo indistintamente, como fugitivos y equívocos fantasmas, luego con mayor y aterradora precisión, todo un mundo de seres abominables”. Mirar y ser mirados es el corolario del humanismo. Y Sabato fue uno de sus mejores representantes. 

El especialista en literatura latinoamericana Günther W. Lorenz consideró que Sobre héroes y tumbas era “la novela del siglo”. El crítico alemán escribió esa afirmación en Die Welt, un periódico conservador de Hamburgo. Era 1967 y la segunda novela de Sabato fue elogiada como “un testimonio sumamente asombroso de nuestro tiempo” y “un hito que señala rumbos hacia el porvenir de la prosa del pensamiento científico”. Sabato tardó diez años en escribirla pero, antes de hablar más acerca del desolado universo que caracteriza su escritura, hay que remontarnos al inicio que él mismo describe en sus memorias tituladas Antes del fin: “Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aún en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura.” Bajo el nombre de su hermano muerto a los dos años de edad, Sabato apunta que llamarse así “tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia”. De su apellido, el cual le provoca una animadversión que encontramos en las páginas de Abaddón el Exterminador, cuenta que Sabato es “derivado de Saturno, Ángel de la soledad en la cábala, Espíritu del Mal para ciertos ocultistas, el Sabath de los hechiceros”. El argentino tenía fama de pirómano y abonaba a esa creencia. En “A fondo”, un programa de Televisión Española, reconoció ante el entrevistador que: “Todo lo que he escrito antes (de El túnel) fue condenado al fuego”.

Esta primera novela de Sabato, escrita en 1948, la leí cuando tenía veinte años. Era una lectura obligatoria para la clase de Literatura latinoamericana. El profesor que impartía la materia hablaba con una desmesurada emoción de la historia del asesinato de María Iribarne. El feminicida era Juan Pablo Castel, un pintor que cuenta las sinrazones que lo llevaron a cometer semejante crimen. Un hombre extremadamente solo, que confiesa que "existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté". El victimario desarrolla una relación malsana con María Iribarne, que la obsesiona a tal grado de que sus exigencias de “amor verdadero” son inverosímiles.

Presa de una “insalvable soledad”, el asesino pasea por “un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida”. Aquí también Sabato se acerca a la ceguera, en este caso, moral de Castel. Esa soledad llamaba poderosamente mi atención, pues su faceta como ensayista la descubrí poco después de mi primera lectura de Sobre héroes y tumbas. Compré La resistencia, una edición de Seix Barral, donde terminé prendada de sus reflexiones sobre la soledad:

La vida es abierta por naturaleza, aun en quienes la barrera que han levantado en torno a lo propio pareciera ser más oscura que una mazmorra. El latido de la vida exige un intersticio, apenas el espacio que necesita un latido para seguir viviendo, y a través de él puede colarse la plenitud de un encuentro, como las grandes mareas pueden filtrarse aun en las represas más fortificadas. O una enfermedad puede ser la apertura, o el desborde de un milagro cualquiera de la vida: una persona que nos ame a pesar de nuestra cerrazón. O como una gota que golpeara incesantemente contra los altos muros. Y entonces la persona que estaba más sola y cerrada puede ser ella misma la más capacitada por haber sido quien soportó largo tiempo esa grave carencia.

Ahora, con los años, encuentro esa incomunicación del protagonista como un pretexto para retratar el amor romántico (y sus mitos perniciosos):

—¿Qué vas  a hacer, Juan Pablo?
Poniendo mi mano izquierda sobre sus cabellos, le respondí:
—Tengo que matarte, María. Me has dejado solo.
Entonces, llorando, le clavé el cuchillo en el pecho.

La formación universitaria de Sabato inició en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad Nacional de La Plata en 1929, de donde se doctoró nueve años después. Esos estudios fueron los que lo condujeron a la literatura pues obtuvo una beca para residir en París, donde se topó con el movimiento surrealista. Su tercera novela, Abaddón el exterminador, es, me aventuro a afirmar, deudora de esa influencia: la estructura fragmentaria es un recorrido por las obsesiones del igualmente ensayista. Está colmada de digresiones, en ausencia de un argumento y en medio de personajes de El túnel y Sobre héroes y tumbas, donde Sabato es protagonista: “—A ese Sabato que me hizo trabajar en su novelón sin pagarme díganle que sería mejor que escriba un Informe sobre Palomas, en lugar de ese retórico discurso sobre no videntes”.

¿Por qué le tenemos tanto miedo a quedarnos ciegos? Rosemary Mahoney dice que los ciegos “han sido percibidos (…) como idiotas lamentables incapaces de aprender, como maestros artísticos del engaño o como místicos que poseen poderes sobrenaturales”. Estas ideas falsas los relacionan con la oscuridad espiritual (hay creencias dañinas de que la persona ciega es así por una maldición divina debido a sus acciones malas pasadas).

La tercera sección de Sobre héroes y tumbas es una indagación de los miedos humanos. "Hay una cierta belleza en el horror" es una de las frases célebres del escritor. En una entrevista a El País en 1989, tras diez años de retiro de la escritura para dedicarse a pintar, Sabato aseguró que no había “accedido a la plena lucidez. Por el contrario, cada día más que pasa siento el mundo y sobre todo la realidad del hombre –que es el objetivo de un escritor– más inexplicable, más confusa, más ambigua. En todo caso, el precio que se paga es alto, muy alto y doloroso. Al menos en mi caso”.

Ernesto Sabato, en lo que parece ser una profecía autocumplida, perdió la vista. Durante los últimos años de su vida, bien pudo protagonizar su propio “Informe sobre ciegos” como si hubiera sido castigado por revelar el secreto de la Santa Sede de los Ciegos: “Se volvió cada día más desconfiado. Claro: ni era todavía un auténtico ciego, dotado de ese poder de moverse en las tinieblas y de ese sentido del oído y del tacto; ni era ya un hombre capaz de ver con sus ojos corrientes”. Hasta el final, supo reflejar la penumbra. Desde la trinchera de la pintura, su expresión plástica es alucinante y, con tonalidades brillantes, retrata el infierno humano.

Es en El escritor y sus fantasmas, donde el escritor confiesa que los ciegos le hacen sentir “un extraño y antiguo sentimiento, como si estuviera ante un abismo en medio de la oscuridad. Sí, siento algo en la misma piel que no puedo precisar ni explicar”. Si recurrimos al psicoanálisis, la ceguera es símbolo del útero de la madre que, si dejamos a un lado la misoginia de la afirmación, es la brutal noche: es hasta que somos dados a luz que podemos ver.

Volvamos a mi libro favorito de Sabato, que empieza la noticia de un parricidio: Alejandra Vidal mata a su padre con cuatro disparos y después se suicida, no usando la misma arma, sino quemándose viva. (Eso sucede en 1955, en Buenos Aires. En 2019 yo pienso en el inquietante cuento “Las cosas que perdimos en el fuego” de Mariana Enríquez, en el que se reflexiona sobre la violencia de género a partir del retrato de mujeres que se incendian a ellas mismas como una manera de protesta y resistencia).

Uno de mis poemas favoritos de Cristina Peri Rossi me recuerda a Alejandra Vidal, la que me acompañó en mi adolescencia y que, en mi nueva lectura de Sobre héroes y tumbas, reencuentro con cariño: 

Y el psiquiatra me preguntó:
-¿A qué asocia el nombre de Alejandra?-
El dulce nombre de Alejandra
el olor de los pinos y cipreses
casas rojas castillos medioevales
una dama en el umbral
muebles púrpuras
la prodigiosa simetría de los parques
una hoja siempre en blanco
delante del ojo que acaricia
la falta de sonido
las lilas de los muros
un dolor enfermizo por casi todo
el muelle gris
las cosas que sólo existen en jardines
para decir cuyos nombres
es necesario empezar por Alejandra
la antigüedad de algunas piedras
respiración entrecortada
la dificultad
para hacer amigos,
en fin, medianoches fatales
en que todo nos falta
especialmente
un amigo
una amiga
Inolvidables.

No quiero cerrar este pequeño homenaje sin antes aceptar que a obra de Sabato persiste en mí porque él escribió “para eternizar algo” acercándose peligrosamente a las tinieblas humanas. Apenas sale ileso pero deja un legado.

 

Karen Villeda
Escritora Su libro más reciente es Visegrado (Almadía/INBA, 2018) con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Ensayo José Revueltas 2017. Su página web es poetronica.net


1 Estos son fragmentos de Uno y el Universo, publicado en 1945.

2 La traducción del inglés es mía.

3 La traducción también es mía y la declaración original la encuentran en: Desson Howe, “The Vision of Ernesto Sabato”, The Washington Post.

4 Como lo que defiende José Saramago en Ensayo sobre la ceguera: “la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron”.