El gaslight describe una forma de abuso psicológico que busca hacernos descreer de lo que vemos. ¿Qué pasa cuando nos arremete en los momentos en que efectivamente interpretamos la realidad de manera distinta? ¿Y para aquellos que viven otras verdades?

…no podemos evitar lastimar, pero sí podemos ―creo― ser conscientes
del poder que tenemos sobre el otro,
del lenguaje que tenemos sobre el otro y viceversa,
para no aplastar de manera consciente al que se entrega,
al que se aproxima.
—Brenda Ríos, Empacados al vacío

 

¿Qué es el gaslight?, un término contemporáneo para una vieja práctica de abuso psicológico y emocional. En resumidas cuentas, el gaslight (o luz de gas) consiste en hacerle creer a una persona que lo que experimenta, percibe y recuerda es falso. En el extremo de este ejercicio violento se busca enloquecer a la persona deliberadamente, pero cualquier caso se trata de hacerla dudar de sí misma y de la realidad, a la vez que se desestiman sus emociones, experiencias, memorias y conjeturas. El término fue tomado de la película de 1944 Gaslight  (basada en la obra de teatro homónima de Patrick Hamilton) cuya trama se centra en cómo un marido pretende enloquecer a su esposa al cambiar cosas de lugar o modular la intensidad de las lámparas de gas, para luego decirle que eso no sucede, que todo es producto de su mente. En la década de los ochenta, el término se extrapoló al discurso popular sobre salud mental. Hoy, esta práctica de manipulación psicoemocional se comprende como la negación de la realidad de los otros y deriva en un profundo daño psicológico que trae como consecuencia la dependencia emocional de la persona con su agresor, quien se ha arrogado el derecho de determinar cuál es la realidad verdadera.

¿Qué ocurre cuando el gaslight se dirige a una persona cuyo sentido de la realidad pende, de por sí, de un hilo?

Ilustración: Adrián Pérez

Una mujer entrada en los cuarenta, a quien llamaré Alba, aparece un día en casa de su octogenaria madre para decirle, en un estado emocional a todas luces alterado, que acaba de recordar que su padre biológico ―muerto hace veinte años― abusaba sexualmente de ella cuando era una niña. La familia explota. Se reúne. Las conversaciones versan, entre tristes y acaloradas, sobre la imposibilidad de que esta memoria sea cierta. Alguien dice que es mentira, que se habría dado cuenta. Todos a fin de cuentas estuvieron allí y nadie notó nada. Miente, exagera, quiere vengarse de su madre.

Entonces, Alba entra en una espiral de deterioro psíquico que la lleva a la psicosis. En su delirio está convencida de que el hombre con quien lleva un par de años casada quiere matarla, que la “reprograma lingüísticamente” mientras duerme. La vida de Alba se reduce al acecho, y contrae a la familia que oscila entre la preocupación y el miedo. Alba apenas puede sostener la realidad frente a ella y es recluida en un psiquiátrico; allí la diagnostican con psicosis paranoide. Alba afirmará todo el tiempo que no miente, que su esposo la mira con cara de “demonio”, que intentó ahogarla y que le susurra cosas al oído para manipular su mente. También sostiene que fue abusada sexualmente. Para la familia, el brote psicótico “confirma” momentáneamente que el relato del abuso es falso.

Los dos planos acechantes se superponen; la memoria revivida del abuso sexual rompió el amarre de lo real. Durante semanas, Alba peleará por ser creída. Internada en un ala psiquiátrica, no parece tener a la verdad de su lado.

Su padre abusó de ella, y su mente ha respondido en escapatoria por intrincados caminos que la hacen convencerse de que la gente en la calle la mira igual que su marido, “con ojos de demonio”. Conspiran. Psicosis paranoide. En el hospital y en la familia intentan traerla de regreso, pero se preguntan “¿tú le crees?”, la realidad es que no, no le creen. Alba, por su parte, siente el fuego amigo atacar por todos lados; gaslight sin tregua, sólo que ahora un gaslight viene de adentro, lo que complica su dramático estado psicológico.

La familia de Alba intenta convencerla de que el recuerdo del abuso sexual es una falsa memoria; aceptarlo implicaría un estremecimiento tal de los lazos familiares que es mejor convencerse de que todo es un invento. Ella sabe que no, pero entonces se desata la psicosis y el delirio extiende su presencia y pone en entredicho su testimonio. Para ella las cosas están separadas: el abusó ocurrió y su marido planea su asesinato. Para los familiares, por el contrario, se trata de una misma cosa: el delirio es “real” y, por lo tanto, el relato del abuso es parte de ese delirio, no fue como no sucede que la gente en la calle conspire contra ella.

Si la realidad es tan frágil que se parte debajo de nuestros pies, si llega a ser tan dura en sí misma, ¿cómo no enloquecer? No tengo la preparación ni las credenciales para afirmar que el brote de Alba fuese detonado por la aparición súbita de una memoria reprimida por años, pero esta hipótesis no apareció entre los familiares como probable, es decir, la continuidad de un estado mental y otro. La posibilidad de que el abuso haya ocurrido y que el delirio fuese eso, una realidad supletoria menos dolorosa que la de un padre biológico abusando sexualmente de su hija. O sea, no que el abuso fuera parte del delirio, sino al revés; que el delirio fuera consecuencia de recordar el abuso. Resulta interesante e inquietante que el delirio de Alba se centrara en la manipulación enloquecedora de parte de su esposo. El miedo que llegó a desarrollar hacia él era real, profundamente real.

¿Cómo confiar en la realidad cuando ésta se muestra craquelada ante los ojos de la mente?, ¿cómo hacer sobrevivir el testimonio fiel de una violencia experimentada cuando se traspapela entre las trampas del delirio? Cuando lo único que tiene una persona para defenderse son sus palabras, sus dichos, sus recuerdos y éstos se intrincan entre el descreimiento y la psicosis elevan la angustia a niveles que pueden ser trágicos.

Que su familia quisiera hacerle mal a Alba, lo dudo. Los familiares no parecían tener la intención de alterar la realidad de la joven para manipularla, pero las consecuencias de negarle la validación a su testimonio fueron las mismas que las del gaslight con fines de manipulación.

Si el gaslight se perpetra hacia una persona con trastornos mentales, quizá estemos hablando de sadismo emocional. O, como en el caso de Alba, de una violencia resultante de la imposibilidad de manejar historias difíciles ―traumas― y de no saber cómo convivir con estados atípicos de la psique. Pero también resultado de no tener disposición de escucha.

Narrador sospechoso

El gaslight pretende convertir a su víctima en una narradora sospechosa, poco fiable como para considerársela verídica. La persona con trastornos mentales es un narrador sospechoso de antemano, si además vive gaslight su verdad queda del todo sepultada; queda desautorizada de su propia experiencia que será siempre puesta en duda; con la mente saturada por “ruido y furia” (cf. William Faulkner).

Hasta donde he podido leer, el psicoanálisis lacaniano les dice a los analistas que no muestren descreimiento de los relatos de las personas delirantes u obsesivas, pues el proceso de su “cura” mediante terapia pasa, primeramente, por el hecho de ser autorizadas como portadoras de una palabra verdadera, y no como poseídas por una palabra enloquecida.

El psicoanálisis aporta, en cambio, una sanción singular al delirio del psicótico, porque lo legitima en el mismo plano en que la experiencia analítica opera habitualmente, y reconoce en sus discursos lo que descubre habitualmente como discurso del inconsciente. No aporta sin embargo el éxito en la experiencia. Este discurso, que emergió en el yo, se revela —por articulado que sea, y podría admitirse incluso que está invertido en su mayor parte, puesto en el paréntesis de la Verneinung— irreductible, no manejable, no curable. En suma, podría decirse, el psicótico es un mártir del inconsciente, dando al término mártir su sentido: ser testigo. Se trata de un testimonio abierto. El neurótico también es un testigo de la existencia del inconsciente, da un testimonio encubierto que hay  que  descifrar.  El psicótico, en el sentido en que es, en una primera aproximación, testigo abierto, parece fijado,  inmovilizado,   en   una   posición   que   lo   deja   incapacitado   para restaurar auténticamente el sentido de aquello de lo que da fe, y de compartirlo en el discurso de los otros. El psicoanálisis pone la mira sobre el efecto del discurso en el interior del sujeto, en otro lugar… (Lacan, Seminario 3, La psicosis).

Con un trabajo arduo en el lenguaje y, sobre todo en la escucha, el psicoanálisis conduce a la lengua delirante a un re-amarre del nudo que permita a la persona tomar distancia de su delirio o alucinaciones. Es regla no decirle al paciente que su delirio es una mentira, que “no es cierto”. Se le cree, o quizá mejor dicho: se le toma por cierto mientras se da al habla delirante un espacio para, valga la redundancia, hablar (la charla palabrera, Lacan dixit) y un estatus que permita llevarla amorosamente a una instancia separada de la persona. Entre otras razones porque el delirio tampoco es un invento, es una realidad-espejismo que los pacientes viven con intensidad. Estrategia opuesta al gaslight —ya que precisamente se busca darle lugar y validez al dicho de la persona por muy incoherente y fantasioso que resulte— el espacio de la escucha se presenta como más que fundamental.

Dice mi terapeuta que el miedo a la locura es universal, y bastan, tal vez, unas cuantas palabras colocadas en sitios clave para confundir la mente de alguien y que sienta cómo su realidad se tambalea. Ahora imaginen ese temor y la vulnerabilidad de una persona que de por sí experimenta las trampas de su psique.

Incluso si el delirio ha tomado el habla y la mente de una persona, sus intuiciones y alucinaciones hablan de una verdad que subyace tras la superficie y que es preciso escuchar. La responsabilidad del interlocutor es radical en este caso, pues de cómo responda y trate con lo que se dice depende buena parte del proceso que ayuda a la persona a poder mirar y comprender la realidad sin derrumbarse. Entiendo que no todos los interlocutores deben hacer el trabajo de un terapeuta, pero pienso en algo como una ética de la escucha.

Aunque el gaslight se asocia a una violencia deliberada ejercida por una persona sin escrúpulos que pretende obtener algo (así sea su codependencia) de la persona sobre quien la ejerce, la negación del testimonio y las memorias conflictivas o traumáticas ocurre con mucha mayor frecuencia de lo que parece. A veces el interlocutor lo hará como una respuesta defensiva a la confrontación, como en el caso de la familia de Alba; para resguardarse de los efectos de liberar un secreto, porque el dolor es difícil de manejar. A veces lo hará para colocar en el otro las responsabilidades todas de un vínculo.

Pero la escucha también es importante en otro sentido; la persona que padece el gaslighting y además vive con alguna enfermedad mental necesita hacer tierra, tener un puerto de confianza, saber que algo allí afuera o enfrente es un piso firme cuando todo por dentro es tormenta; amarrarse al mástil, mirar momentáneamente por los ojos de alguien bien clavado a la tierra. Traigo unas palabras de Levinas: “La palabra no se instaura en un medio homogéneo o abstracto sino en un mundo en el que es necesario socorrer y dar. Supone un yo, existencia separada en su gozo y que no recibe el rostro y su voz que viene de la otra orilla, con las manos vacías” (Emmanuel Levinas, Totalidad e infinito).

Salir de la luz…

Ariel Leve, autora del libro An Abbreviated Life, cuenta su exposición al gaslight de su madre. En una lista pequeña de consejos para lidiar con y salir de la luz de gas, dice que el primero de ellos es “Remain defiant” (permanece desafiante): para Leve fue absolutamente necesario creer en su versión de las cosas y mantenerla sin alteraciones, resistir a los intentos de cambiarla; ella afirma que esta dosis de terquedad y rabia la protegió, la hizo resiliente. No toda actitud desafiante es gratuita e inútil, no toda idea fija es compulsiva. Cito del artículo de Leve para The Guardian, “How to survive gaslighting: when manipulation erases your reality” (16 de marzo de 2017): “Con el gaslight sientes como si el suelo estuviera siempre cambiando debajo de ti. No hay centro de gravedad. Mientras te dicen que arriba es abajo y que el blanco es negro, la única manera de darle sentido es permanecer firme. Deja que los demás tengan sus hechos alternativos. Tú te plantarás en la realidad”.1

Alba se mantuvo firme en su versión, antes, durante y después de la visita al psiquiátrico: el abuso de su padre contra ella ocurrió. Yo le creo.

Esto también es Ulises amarrado al mástil cuando cantan las sirenas.

 

Isaura Leonardo
Estudió Letras Hispánicas en la UAM. Ha colaborado en Crítica, Periódico de Poesía, Horizontal, entre otros medios.


1 Traducción mía