El mundo en el que las parejas románticas son aplicaciones móviles ya existe. En un esfuerzo por subsanar la soledad que promueve el mundo virtual y la era tecnológica se han desarrollado opciones para encontrar acompañamiento en nuestro celular. Pero, ¿qué idea de compañía promueven? ¿son la respuesta a la llamada enfermedad del siglo XXI?

La soledad es muy hermosa
cuando se tiene junto a alguien a quien decírselo
—Gustavo A. Bécquer

La navegación digital ha acelerado y multiplicado la creación de islas virtuales en las que parecemos náufragos. Son paraísos diseñados al gusto pero insuficientes. Desde éstos expresamos una apremiante necesidad de compartir pero sobre todo de vernos validados y quizá, más que compañía, lo que esperamos de nuestra participación digital es construir un auditorio de espectadores pasivos. Pero todos terminan por fastidiarse y en un continuo círculo vicioso demandan ser vistos y escuchados también.

En el fondo de esta búsqueda se supone que está una irremediable sensación de soledad. Se asume que el asenso de este sentimiento, que tiene el mote de “enfermedad del siglo XXI”, tiene que ver con las tecnologías digitales y los estados de enajenación que éstas generan frente a las formas de las generaciones menos acostumbradas a su uso, según explican los sociólogos David Ellis y Rossana Guadagno. La promesa de conectividad total se ha traducido en aislamiento.

Ilustración: Raquel Moreno

La soledad es compleja en su construcción pero aparentemente sencilla de resolver. Ahora da miedo “padecerla” y aunque el malestar que genera bien podría estar más asociado a un problema de percepción, éste produce efectos físicos y anímicos reales. Como explica un reportaje del New York Times, la soledad puede “llevar al deterioro en la salud física y mental”. Para escapar de ella, hay quienes encienden la televisión, prenden la radio o echan a andar cualquier dispositivo para generar ruido blanco que resuelva el temor a escuchar únicamente lo que pensamos. Aprovechando esta angustia, diversas empresas han lanzado al mercado una serie de appsque buscan paliar el problema con métodos ingeniosos y que ponen en serio cuestionamiento nuestra noción del otro acompañante.

El primer reto de estos servicios es justamente el de diseñar la compañía ideal, la cual irremediablemente se entiende como pareja, y una con las características que mejor se adapten a nuestro gusto. Esto es, pues, lo que ofrece Watching cute girl, una aplicación japonesa que permite crear un “amante” virtual al que se le puede elegir color de cabello, color de ojos, peso corporal y demás. La principal tarea de esta novia virtual es vigilar lo que hace el usuario, describir lo que “siente” e incluso generar conflictos que “animen” la relación.

Con la misma intención surgió Invisible boyfriend o invisible girlfriend que permite al usuario crear un perfil completo para construir una pareja virtual que, además de imitar la dinámica de una relación real mandando mensajes de texto y de voz en tiempo real, tiene la intención de crear una relación al gusto para evitar las confrontaciones reales y el dolor que el rompimiento de una relación de pareja puede provocar.

¿Representa esto una alternativa a la soledad? Parcialmente. Aplicaciones como las descritas son, primero que nada, de carácter lúdico: son una suerte de juego o engaño cuyo fin es el disfrute. Pero la barrera que distingue lo “real” de lo “aparente”, en términos de percepción suele ser bastante lábil. ¿Es sano promoverlas? ¿Qué daño puede causar el no lidiar con alguien “real”? Cualquier tentativa de respuesta nos pone en medio de un atolladero ético: ¿hasta dónde refugiarse en la fantasía? Probablemente solo los dueños de la misma podrían dictaminar el punto de quiebre.

Por otro lado, existen aplicaciones que más allá de robustecer la otredad virtual, buscan conectar personas mediante la creación de vínculos. El problema de la fantasía suele ser que por muy gratificante que sea, resulta limitada y tarde o temprano se necesita acceder a un grado de contacto “real”.

Un reportaje publicado en El País en mayo del 2018 dice que el estigma asociado a conocer a alguien a tarvés de Tinder ha disminuido y que el uso de la aplicación incluso se ha extendido a la búsqueda de amistades. A esto se dedica por ejemplo  Lonely, una aplicación que da al usuario la posibilidad de compartir en tiempo real el sentimiento de soledad y con un GPS señala a otros que estén compartiendo sentimientos similares para poder aliviar la soledad que los aqueja. Ofertas como Bumble BFF funcionan de forma similar a Tinder y a través de deslizar la pantalla para dar “sí” o “no”, el usuario puede  de elegir quién o quiénes tienen potencial de ser buenos amigos. Esta aplicación permite usar el mismo perfil que se utiliza en el apartado de citas para que el usuario esté disponible en ambas opciones a la vez, aunque sólo es posible entablar amistad con personas del mismo sexo.

Aplicaciones como Citysocializer o Meetup cuentan ya con una comunidad de más de 20 millones de usuarios, muestran eventos y actividades por zona e intereses de manera que quien accede puede ver encuentros o reuniones a su alrededor. Éstas pueden identificar hasta 500 mil planes al mes.

Hey VINA!, Friender o Patookrefuerzan el uso de filtros para garantizarle al usuario contacto única y exclusivamente con personas que compartan intereses similares, seleccionado cuidadosamente y sin otro fin que la amistad, incluso otorgando la capacidad de bloquear al usuario que persiga cualquier otra intención. Estas aplicaciones ofrecen una alternativa viable y más integral en la medida en la que pretenden conectar personas con fines de amistad. Sin embargo, aún no se cuenta con datos que permitan determinar la tasa de éxito de las mismas.

Pero, ¿a qué y a quién deberíamos atribuir el eventual triunfo o fracaso de estas aplicaciones? ¿A la aplicación o al usuario? Un factor que parece estar presente tanto en Imaginary boyfriend/girlfriend como en Bumble BFF o afines es una construcción híper idealizada del otro, tan minuciosa como rígida que busca controlar cada detalle de la experiencia de conocer a la otra persona, evitando riesgos y con ello todo asomo de frustración y dolor. Simplemente se alejan de cómo funciona la realidad del proceso de conocer a alguien.

La tecnología contribuye a solucionar problemas al tiempo que crea nuevos. Los dispositivos digitales, particularmente aquellos dotados con sofisticados niveles de inteligencia artificial han tomado distintos roles en la nueva sociedad insular de las grandes metrópolis y sus periferias: desde entrenadores personales hasta terapeutas.

Se teme a la soledad terriblemente, sin embargo, los requerimientos de la compañía necesaria muchas veces parecen ser inalcanzables. La cuestión radica no tanto en el hecho de estar solos sino en la forma en la que creemos estar solos. Replanteando esto quizá sea posible encontrar un ángulo distinto al problema de la soledad.Por eso, más allá de conocer otras personas, una solución integral a la soledad involucraría el autoconocimiento como fuente personal de sabiduría y serenidad, que funciona independientemente de la presencia o no, de alguien más. Un autoconocimiento que reconoce la autonomía personal crearía así la mejor compañía posible. La que incluso en soledad, se es capaz de disfrutar.

 

Jorge Javier Negrete Camacho
Psicólogo Clínico. Actualmente estudia Antropología Social en la UAM. Ha colaborado en Butaca Ancha, Cine Premiere y Forbes México.