De la utopía a la calle: dos retratos del movimiento de personas con discapacidad

Los documentales Crip Camp y La Lucha —disponibles en YouTube— retratan el movimiento de personas con discapacidad en dos contextos muy distintos: el Estados Unidos de los sesenta y la Bolivia de Evo Morales. Los retos para salir de la invisibilidad son, sin embargo, los mismos.

Frente al riesgo de ser suprimidos por la indiferencia, los colectivos de minorías constantemente alzan la voz para obtener igualdad de derechos. El grito de unos ha de ser lo suficientemente fuerte y agudo para representar a aquellos imposibilitados para hablar o marchar. Dos documentales sobre el movimiento por los derechos de las personas con discapacidad dan una lección de lucha y persistencia, en contextos en apariencia muy disímiles, pero igualmente inaccesibles para este colectivo: Estados Unidos y Bolivia.

Ilustración: David Peón

Crip Camp retrata los principios de una batalla por el acceso a mejores condiciones de movilidad e inclusión de un grupo de personas con discapacidad en Estados Unidos. El documental empieza a inicios de los años setenta, cuando tener una discapacidad era sinónimo de discriminación, aislamiento e internamiento. Afortunadamente, existía Camp Jened: un campamento establecido en 1951 al pie de los Apalaches, en el sur del estado de Nueva York, cuyo principal objetivo era proveer un ambiente sano e incluyente para personas con distintas discapacidades.

En los años que retrata el documental, este espacio se vio fuertemente influido por la contracultura de los años sesenta y las ideas del hippismo. La estructura era libre, de laxa supervisión adulta y rebosante de aceptación y amor. El campamento estaba repleto de actividades físicas y artísticas, existía la posibilidad de tener contacto físico e incluso fumar marihuana. No era raro que muchos de sus asistentes le concedieran un aura utópica.

Las personas con discapacidades físicas o intelectuales, así como los “consejeros” –personal sin discapacidad alguna–, formaban lazos profundos, alejados del estigma y la vergüenza que frecuentemente encontraban fuera de las paredes de Camp Jened. El estado de excepción que caracterizaba su existencia cotidiana se disolvía. Esta sensación es palpable en cada una de las imágenes de archivo registradas por James LeBrecht, director del documental, quien nació con espina bífida y asistió al campamento cuando tenía 15 años de edad. Armado de una cámara de 16 milímetros, LeBrecht filmó la interacción entre los consejeros y los asistentes y recopiló muestras de una entrañable complicidad, un sentido de genuina cooperación y camaradería. Al ritmo del folk, el documental reivindica el derecho a tocarse, disfrutar y deambular en un lugar en el que, como dice Denisse Sherer Jacobson, una de las asistentes al campamento, “no había mundo externo”.

La imperiosa necesidad de hacer de esta jubilosa excepción la regla, permitió que el campamento se convirtiera en una plataforma de la que surgiría un grupo de determinados activistas que buscarían la implementación de leyes que les permitieran sentirse incluidos en un mundo negligente a sus necesidades. Las experiencias personales, tanto de asistentes como de consejeros, dieron pie a que se formara un movimiento político cuyos principales ejes eran la igualdad y el cuidado. Fue así que empezó la ardua batalla que culminaría triunfantemente con la aprobación de la American with Disabilities Act en 1990. Crip Camp hace un notorio énfasis en figuras clave del movimiento Disabled in Action como Judith Heumann, Bobbi Linn y el mismo LeBrecht, entre muchos otros asistentes al campamento que migraron a Berkeley, California, con la idea de replicar la utopía vivida en Jened. Pero el grupo fue más ambicioso y generoso: buscaron extender tan raro sueño a millones de personas en el país.

Con el apoyo de movimientos como el de las Panteras Negras, y frente a la reiterada negligencia de gobiernos locales y federales, los integrantes del grupo Disabled in Action narran a la cámara de LeBrecht las complejidades del movimiento. Vemos las dificultades que atravesaron, pero también los fortísimos vínculos afectivos generados en el contexto de una lucha sostenida durante más de 25 años. Y en todo ello, la potencia que tiene el enojo tiene para generar acción positiva.

Más allá del activismo y sus manifestaciones políticas o artísticas, Crip Camp genera reflexiones agudas sobre la forma en la que percibimos el cuerpo; también la manera en que  se construye un concepto tan ambiguo como la “igualdad” y la exploración de los mecanismos de resiliencia que personas con  discapacidad generaban en tiempos que no existía un marco legal de inclusión y protección tan robusto –aunque todavía insuficiente– como el que implica el American with Disabilities Act.

La desesperación e impotencia ante la ausencia de protección estatal producen lo que quizá sean las imágenes más duras de Crip Camp: el “Capitol Crawl” del 12 de marzo de 1990, en el que decenas de personas dejaron de lado sus sillas de ruedas y otros dispositivos de apoyo y subieron las escaleras del Capitolio gateando para hacer una demostración física de la inaccesibilidad arquitectónica que afecta constantemente a las personas con discapacidad.

Estas imágenes del cuerpo en resistencia, literalmente, tienen una resonancia familiar en América Latina hasta el día de hoy.  En el breve y contundente documental La lucha, codirigido por Violeta Ayala, Fernando Barbosa y Dan Fallshaw, se retrata el caso de Bolivia; un contexto en el que, aunado a la rampante desigualdad social y económica, las personas con discapacidad enfrentan un grado de marginación imposible. Disponible en el canal de YouTube del periódico británico The Guardian, el documental sigue a una caravana de personas con discapacidad que en 2016 recorrió desde Los Andes hasta la sede del gobierno boliviano ubicada en Plaza La Paz con la intención de entrevistarse con el entonces presidente Evo Morales.

Afortunadamente, y a diferencia de otros documentales que ponen su foco en la identidad colectiva, La lucha identifica a Rose Mery, Feliza Miguel y Marcelo como los rostros emblemáticos de un movimiento que el gobierno de Bolivia consideró tan amenazante y peligroso que respondió con barricadas de tres metros de altura, tanques y un cuerpo de policías tan robusto que ilustra claramente el terror a la otredad.

Las inconsistencias en el discurso de un gobierno que hizo del progresismo y la igualdad su bandera quedan evidenciadas ante el duro trato que los integrantes de la caravana recibieron en esta marcha de 2016. Lo que estas mujeres y hombres solicitan al gobierno boliviano es una renta mensual, que representa apenas un paliativo en un sistema que les impide sostener un nivel de vida digno. Sus intenciones son posteriormente criminalizadas por el gobierno, que deslegitima su derecho a ser escuchados. Si en Crip Camp escuchábamos a Hendrix o Dylan en el fondo, en La lucha tenemos los cantos de los marchistas que gritan “¡Fusil y metralla, el pueblo no se calla!”.

La policía reprime violentamente a los integrantes de la caravana con golpes y gases lacrimógenos. Y la resistencia del grupo de manifestantes desafía la impresión que existe en el imaginario público de lo que se entiende por individuos “desvalidos” o “desprotegidos”. Los marchistas de La lucha ni siquiera gozan del privilegio de tener, aunque sea, una utopía efímera como los campistas de Crip Camp. Pese a ello, logran la hazaña de organizarse y recorrer más de 300 kilómetros desde los Andes hasta la capital boliviana. El documental no admite el tono triunfalista de Crip Camp, pero los directores de La lucha dejan la promesa de seguir cubriendo el movimiento, con la intención de que la presión pública crezca y alcance lo que hasta ahora es el sueño de una cotidianidad digna.

¿En dónde radican hoy la fraternidad y la solidaridad que requieren estos movimientos? Las estructuras que privilegian una noción difusa de “libertad”, cimentada en un feroz individualismo, se sienten amenazadas por la presencia de la alteridad bajo cualquier modalidad. Permitir ver la diferencia, lo que incomoda, es el principio para construir un mundo más solidario y fraterno.Los documentales Crip Camp y La lucha comparten una postal que apela a esto: dos personas que en una aparatosa silla de ruedas son capaces de darse un abrazo.

 

Jorge Javier Negrete Camacho
Psicólogo Clínico. Actualmente estudia Antropología Social en la UAM. Ha colaborado en Butaca AnchaAnimal Político, Cine Premiere y Forbes México.

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Publicado en: Voltear a ver