El coronavirus ha cambiado las formas de duelo en todo el mundo. Desde la imposibilidad de despedirse al destino de los cuerpos, esta enfermedad nos confronta también con los significados de la muerte.
Esta vez la realidad me alcanzó, y de pronto,
estaba sola en la noche en medio de un hospital vacío,
rodeada de hombres con trajes blancos, mascarillas y militares[…]
no podrás despedirte, no habrá reconocimiento del cuerpo
y te prohibirán los abrazos. No habrá flores, ni un funeral.
Lo más extraordinario es el dolor, el dolor de ver a tu familia llorar
y no poder abrazarlos.
—Zayin Villavicencio Sánchez1
Cuando un ser querido ha entrado al hospital por coronavirus, sabemos que existe la posibilidad de no volverlo a ver, incluso si fallece. Los lineamientos sanitarios vigentes actualmente en México y en otros países del mundo estipulan que toda persona que muera por covid-19 tiene que ser incinerada y los velorios están restringidos. Dicha disposición implica la pérdida de algo que siempre se ha considerado como indispensable en el proceso de duelo: los ritos funerarios.
De acuerdo con la etnohistoriadora Erika Álvarez, el dejar de practicar los ritos funerarios trastoca nuestra identidad, espiritualidad y religiosidad, lo cual agudiza significativamente los cuadros ansiosos y depresivos que se presentan normalmente tras el fallecimiento de un ser querido. En la misma entrevista, Álvarez remarca la importancia simbólica, psicológica, social y económica de los rituales: son acciones que dan “sentido a la vida”.
Si afrontar un duelo ya era lo suficientemente duro antes, ¿qué ha cambiado con el coronavirus?

Ilustración: Belén Monroy
Nuevos ritos mortuorios
La antropóloga argentina Laura Panizo ha explicado que la muerte por coronavirus representa un final, tanto individual como colectivo, para el que nadie está preparado. Para explicar esto, propone el concepto de “mala muerte” a partir del trabajo de antropólogos como Hertz y Thomas.2 Además de sus efectos entre los deudos “la mala muerte evoca también la idea de un muerto que partió en condiciones dolorosas y continúa sufriendo, un alma en pena que puede manifestarse ante los vivos mediante apariciones oníricas o fantasmales para reclamarles cuidados y reposo pendientes”, explica. Es cierto que los cuerpos contaminados representan una amenaza para la población, pero Panizo cree que éstos deben ser considerados tan sagrados como las relaciones sociales que significaban en vida. Lo que apunta sobre un “proceso interrumpido” tiene que ver con el “ideal” de un duelo tradicional. ¿Cómo dar sentido a la contaminación y a la sacralidad en la misma práctica ritual?
La novedad de las alternativas para los ritos funerarios hadificultado su aceptación. Entre ellas: los vídeo-funerales, la compra virtual de arreglos florales, las esquelas publicadas en sitios web especializados o los velorios con ataúdes sin cuerpos. Varios deudos se han acercado vía telefónica o virtual a iglesias o parroquias, en México y en otros países, para la realización de misas o novenarios a distancia. Se hacen videoconferencias con familiares y amigos para compartir historias, anécdotas y fotografías de la persona fallecida y con ello se busca contrarrestar los efectos del distanciamiento social. Hay quien ha creado “libros de recuerdos” en forma de página web, blogs o publicaciones en redes sociales pidiendo la contribución de familiares y amigos, o bien, coordinan una fecha u hora para que los familiares y amigos rindan un homenaje a través de la recitación de un poema, una lectura espiritual u oración. Como dice la comunicóloga francesa Fanny Georges, las redes sociales están desempeñando un papel de sustitución o complemento de la presencia material del cuerpo del difunto, creando formas de luto inéditas.3
La mayoría de estas sugerencias se han retomado y ampliado en algunos de los protocolos para México. Por ejemplo, el Manual operativo del curso para el acompañamiento del duelo en situaciones especiales durante la pandemia del COVID-19 elaborado por equipos del Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez y del Instituto Nacional de Psiquiatría, entre otras instituciones de salud.
Por su parte, las celebraciones de las exequias cristianas en México se han suspendido y ahora la práctica de ceremonias religiosas se realiza principalmente en casa. En caso de realizar un funeral, se advierte que éste no debe durar más de cuatro horas ni superar los 20 asistentes. En Italia, en cambio, el Papa Francisco pidió a los sacerdotes tener el valor de salir e ir a visitar a los enfermos así como acompañar al personal médico y los voluntarios.
La cremación ha paliado un poco la interrupción del rito religioso, pero en el caso de las religiones que no la permiten, el freno es casi total. Por ejemplo, en la religión islámica generalmente se prepara un baño mortuorio para el fallecido, pero en el contexto vigente este ritual está prohibido en países como Irán, dado que una persona fallecida por coronavirus puede contaminar a quien la toque. La medida fue flexibilizada en Francia, que cuenta con un importante porcentaje de población musulmana, en donde se autorizó realizar el baño con la condición de protegerse con gafas, casco, traje especial y guantes, además de haber sido entrenados para este tipo de situaciones. Sin embargo, las autoridades islámicas prefirieron prescindir del ritual y considerar a los fallecidos en estas circunstancias como mártires: el baño mortuorio está prohibido para quien muere solo en el campo de batalla y es enterrado como está vestido. En esos casos sólo se realiza la oración fúnebre.
Las autoridades de la iglesia judía también han tenido que flexibilizar los ritos ante la crisis actual. Para la inhumaciones se prohíben las aglomeraciones y un máximo de 15 personas puede asistir a los funerales. Richard Wertenschlag, gran rabino de Lyon, dice que es deber de los líderes religiosos acompañar a quien agoniza, rodeado de sus seres queridos, de su familia como el patriarca Jacob que reunió a sus hijos y a sus nietos antes de dejar este mundo. Por ahora, sin embargo, no hay posibilidad de reunirse incluso cuando la inhumación, conocida como kadish, requiere de diez hombres. La Shiva, que involucra diez días de duelo en los que los deudos reciben visitas y confort de seres cercanos, actualmente se hacen a través de llamadas de zoom. En un vídeo del New York Times se relata cómo se han adaptado los ritos de despedida en la comunidad ortodoxa de Crown Heights, Brooklyn. Los pacientes se comunican a una línea que tiene grabados los rezos correspondientes. Una cultura de muerte adaptable a las causas mismas de la mortalidad se vuelve necesaria, lo mismo que legitimar otras formas de despedirse.
Democratizar el luto
Además de transformar las formas con las que sobrellevamos las pérdidas, esta crisis nos confronta con la inamovilidad de las creencias religiosas y sus rituales funerarios. Y aunque es prematuro visualizar la profundidad que tendrán estos cambios en nuestra relación futura con el duelo, ya se aventuran algunas hipótesis.
En entrevista para el New York Times, Priva Parker, conductora del podcast Together Apart que se enfoca en consejos para sobrellevar el distanciamiento social piensa que las figuras de autoridad en el proceso del luto –como son los directores funerarios y los clérigos, por ejemplo– podrían volverse menos centrales en el futuro, lo cual traerá una democratización en las lógicas que determinan quién tiene el derecho de oficiar un funeral y quién no.
Por su parte, la escritora y politóloga iraní, Nazanin Armanian, se pregunta cómo unificar la experiencia de la muerte y el duelo para generar empatía: “Si [las personas] no pueden ser enterradas pared a pared con la tumba de personas de otros credos, o de ninguno, ¿cómo se pretende construir un mundo de paz entre los seres vivos?”.
Las adaptaciones hechas por las religiones islámicas y judías ofrecen una forma de recuperar el factor humano en la crisis que estamos viviendo. Como decíamos, en el Islam se ha tomado la decisión de considerar a quienes han fallecido por covid-19 como “mártires” para excusar el baño mortuorio. Algo similar ha planteado el gran rabino de Lyon: “No existe ser humano que no haya errado, pero estos sufrimientos le perdonarán todas sus faltas. Son los mártires de esta enfermedad", dice.
Cuando se declararon los estados de emergencia en Francia y España, los mandatarios de estos países equipararon la situación a un estado de guerra. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró “una guerra contra un enemigo invisible”.
Retomando a Laura Panizo: la antropóloga explica que la experiencia de los familiares de personas desaparecidas durante las guerras también dan testimonio de los efectos de la desaparición del cuerpo. La pérdida ambigua, la búsqueda prolongada, la incertidumbre entre la vida y la muerte, la necesidad de “ver y tocar” al muerto y no poder hacerlo, la dificultad del cierre y la suspensión del tiempo, caracterizan estos lutos.
A tono con esto, la antropóloga Rita Segato ha recordado que en las pestes anteriores por lo menos se veía morir a las personas. Hoy no podemos ver los cuerpos de quienes hemos querido atravesar el tránsito de la vida a la muerte; están aislados, ocultos a los ojos de los demás por lo que la resignificación de nuestros muertos y de la forma de despedirlos será crucial, aunque de momento solamente tengamos las ceremonias íntimas. Para Segato, el trayecto del duelo durante la pandemia deberá ser el que nos ayude a encontrar la ternura y el placer de la convivencia que nos conforta. Ese será el mundo vencedor, aquel en el que “encontremos la sonrisa cómplice en la pequeña felicidad”, es decir, un entorno en el que a pesar de la distancia y la desconfianza ajena, seamos capaces de demostrar en un gesto que acompañamos más allá de la proximidad de los cuerpos.
No hay consuelo suficiente ante la perdida de un ser querido, pero quizá si resignificamos a nuestros muertos, más que como “héroes” o “mártires” de una guerra, como personas que estuvieron dispuestas a recibir los afectos con valentía, entonces podamos encontrar un respiro de alivio ante la abrumadora necesidad de cubrir nuestros rostros y evitar el contacto físico para proteger al otro.
Jorge Javier Negrete Camacho
Psicólogo Clínico. Actualmente estudia Antropología Social en la UAM. Ha colaborado en Butaca Ancha, Animal Político, Cine Premiere y Forbes México.
1 Periodista michoacana que perdió a su madre por covid-19.
2 R. Hertz, La Muerte. La mano Derecha, México, Alianza Editorial, 1990 y L.V. Thomas, Antropología de la muerte, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.
3 F Georges, “Eternités numériques” in Immatérialités de la mort Robin Azevedo V. (ed.), Paris, CNRS éditions, 2020, pp. 69-88.
El proceso de duelo es tan distinto de una persona a otra que sería muy difícil encontrar una forma única de paliar ese dolor. Sin embargo, es una realidad que dicho proceso nos está confrontando con una realidad muy distinta que ha marcado un antes y un después de la pandemia, pero no olvidar el lado del paciente quien está sometido a una soledad tremenda desde que ingresa al hospital, pues ante la perspectiva de no volver a ver nunca más a sus seres queridos genera un estrés y una depresión que indudablemente influyen en su capacidad de respuesta a la enfermedad. Yo fui una de esas personas pues en abril de este año estuve al borde de la muerte por SARS COV-2 en el Estado de México y a la distancia puedo asegurar que no hay nada más perturbador que la incertidumbre que se genera por la incomunicación total.
Un abrazo al Lic. Jorge Javier Negrete autor de este artículo que toca un tema importantísimo. Espero más publicaciones suyas. Gracias.