La seña no ha sido considerada una lengua completa. A continuación, la historia de algunos instantes del camino filosófico y lingüístico para probar su potencial de comunicación.
En el Crátilo, uno de los diálogos de Platón, el filósofo se pregunta qué pasaría si quisiéramos expresarnos pero no tuviéramos voz para hacerlo: “¿Acaso no intentaríamos, como ahora los sordos, manifestarnos con las manos, la cabeza y el resto del cuerpo?”.1 Siglos después, en plena Ilustración, Jean-Jacques Rousseau regresa a este tema en su Ensayo sobre el origen de las lenguas (1781). Comenta que el ser humano, en el momento en que reconoce a otros seres de su especie, tiene la necesidad natural de comunicarse y para lograrlo puede optar por emplear la voz o los gestos.2 El trabajo realizado por lingüistas y neurocientíficos durante los últimos setenta años le dan la razón a ambos pensadores: siempre hemos tenido el potencial de ser, no sólo el animal que habla, como defendería Aristóteles, sino también el que hace señas.

Ilustración: José María Martínez
La historia de la comunidad sorda en Occidente es una historia de negociación de las relaciones entre el cuerpo y sus sentidos, la razón y el lenguaje. Una historia que revela auténticas batallas ideológicas entre dos grandes paradigmas: el de los “oralistas”, que creen que se debe enseñar a las personas sordas a comunicarse a través de la lengua oral, producida con la voz por los hablantes, frente a los “manualistas”, que mediante diferentes métodos de señas y signos corporales han buscado defender las técnicas propias de esta comunidad como un medio de expresión legítimo.
En su libro I See a Voice. Deafness, Language and the Senses. A Philosophical History (Veo una voz. Sordera, lenguaje y sentidos. Una historia filosófica, 1999) Jonathan Ree documenta varios de los encuentros entre “oralistas” y “manualistas”. A veces dialogantes, y en ocasiones francamente beligerantes, estos encuentros dan cuenta del esfuerzo por alcanzar el reconocimiento de la Seña como una lengua legítima y completa en sí misma. En este texto, visito tres instantes representativos de los vaivenes de esta comunidad por lograr su inclusión a una sociedad en primera instancia renuente a aquello que desafía, cuestiona o simplemente se distingue del canon establecido.
Uno de los precursores de la educación de las personas sordas en el ámbito hispánico y francés fue el monje benedictino Pedro Ponce de León, quien en 1550 utilizó diferentes técnicas para sacar del aislamiento a pequeños grupos de niños sordos. Según Ponce de León, a falta del oído, la lengua producida oralmente podría enseñarse a través de los demás sentidos, especialmente la vista y el tacto. Los estudiantes debían mirar a los hablantes, identificar sus movimientos faciales e incluso utilizar sus dedos para sentir las resonancias en la garganta, y luego imitar esos movimientos para producir sonidos vocales. Aunque con resultados ambivalentes, la iniciativa de Ponce de León fue relevante en tanto que permitió pensar en la posibilidad de enseñar a las personas sordas la lengua dominante basada en la voz, y con ello participar en las ceremonias legales y religiosas —no olvidemos que se trata de un monje—, así como en los asuntos humanos cotidianos.3
Otro caso distinguido fue el de John Bulwer, médico y filósofo naturalista inglés quien, en el siglo XVII, impulsó la que denominó como la “Filosofía de los Gestos”.4 Su propuesta partía de la idea de que la lengua oral no tenía ninguna afinidad especial o intrínseca con la expresión del sentido y, de hecho, era inferior a otros métodos de comunicación, en particular al de los gestos realizados por las manos y la cabeza. Basándose en la formación retórica clásica enseñada en la antigua Grecia y Roma —que abarcaba el arte del discurso, pero también el uso de los movimientos corporales para realzar el efecto de lo dicho— Buwler buscó poner de nuevo en circulación una retórica manual (no discursiva) que había caído en el olvido por siglos. Para ello utilizó diferentes tablas con las que ilustró y dejó registro gráfico de una amplia gama de gestos que luego relacionó con las letras del alfabeto para que pudieran utilizarse como parte de una ortografía manual. La investigación se fue ampliando hasta incluir no sólo los movimientos de los dedos y las manos, sino también los de la cabeza, ofreciendo así una amplia descripción del funcionamiento de diferentes músculos que, según su estudio, eran los responsables de la mayor cantidad de los rasgos expresivos. Bulwer concluyó que los seres humanos no estaban obligados a utilizar la voz para comunicarse, pues la lengua materializada a través de la voz era esencialmente degenerada y confusa. En cambio, llamaba a redescubrir la libertad de los gestos, el único medio de comunicación que, como lo afirmaba, habría podido escapar de la confusión de Babel.5

Señas naturales en los trabajos de John Bulwer.
Ilustraciones del libro Chirologia, or The Natural Language of the Hand (1644).
Una de las escenas contemporáneas clave de esta historia data de mediados del siglo pasado cuando, influidos por los avances del lingüista francés Ferdinand de Saussure en semiología, académicos pioneros en lo que ahora se conoce en el contexto anglosajón como los “Deaf Studies” (Estudios Sordos) importaron los instrumentos teóricos utilizados en el estudio del lenguaje y la lengua oral al campo de los sistemas de signos manuales. Su objetivo era formular principios estructurales que permitieran mostrar que el modo de comunicación de las personas sordas era, al igual que el basado en la voz, un sistema formal de signos, en este caso manuales y corporales, con una sintaxis, semántica y gramática propia. En otras palabras, que la seña era una lengua natural en sí misma. Además, la comparación permitiría refutar el principio fuertemente arraigado según el cual los seres humanos tienen una facultad innata para el habla (oral), así como pugnar por una concepción del lenguaje en tanto capacidad humana para comunicarse con otros entes semejantes que no estuviera reducida una única modalidad, sino que contemplara distintas formas de expresión.
Uno de los trabajos pioneros de este movimiento fue el de William C. Stokoe, profesor de la Universidad de Gallaudet —la primera institución de educación avanzada para personas sordas del mundo— quien en 1960 publicó Sign Language Structure (Estructura de la Lengua de Señas). Stokoe identificó la unidad mínima del sistema de la lengua de señas, los queremas, análogos a los fonemas en las lenguas orales, a los que definió como un número finito de modificaciones corporales elegidas del amplísimo espectro de los movimientos producidos a través del cuerpo con un significado lingüístico arbitrariamente asignado. Algo similar a lo que sucede en las lenguas habladas donde, a partir de la inestimable gama de sonidos vocales, se selecciona un número limitado de fonemas a los que se les asocia un sentido. Stokoe propuso tres tipos de queremas: la forma de la mano, la actividad de la mano y la posición de la mano. Este descubrimiento lo llevó a postular que todos los signos de la lengua de señas podrían analizarse como diferentes agrupaciones de estos tres tipos de queremas y que, al ser designados con un valor específico, permitían crear un sistema de escritura de este modo de comunicación.
Cinco años más tarde, en 1965, junto con Dorothy Casterline y Carl Croneberg, Stokoe creó el primer diccionario de lengua de señas, A Dictionary of American Sign Language (Diccionario de la Lengua de Señas Americana). Este trabajo fomentó el reconocimiento oficial de la Lengua de Señas Americana —ASL por sus siglas en inglés— al tiempo que permitió la confirmación de la teoría inicial de Stokoe: la lengua de señas es una lengua completa que se despliega en un canal tridimensional a través de diferentes configuraciones corporales con principios sintácticos, gramaticales y semánticos propios. Además, más allá de su función lingüística primordial, el diccionario tuvo un peso simbólico importante pues dotó a la comunidad sorda de identidad, cohesión social y memoria histórica; algo que difícilmente se había logrado en los siglos anteriores. Uno de los gestos más sutiles aunque significativos de este reconocimiento fue el paulatino uso del término Seña, con mayúsculas, —Sign en inglés— para referirse a la lengua empleada por las personas sordas.
Como dice el afamado neurólogo Oliver Sacks, los trabajos de investigación lingüística y neurocientífica realizados a partir de mediados del siglo pasado condujeron al reconocimiento de la Seña como
una lengua completa, capaz de expresar no sólo todas las emociones sino todas las proposiciones así como de permitir a sus usuarios analizar cualquier tema, concreto o abstracto, con el mismo beneficio y la misma eficacia que el habla […]. La Seña es una lengua que sirve igual para lo riguroso que para lo poético, para el análisis filosófico y para hacer el amor.6
Con el tiempo, otras variantes de la Seña distinta a la americana, tales como la británica, la china, la venezolana y la mexicana, entre muchas otras, fueron oficialmente reconocidas. Sin embargo, como lo apunta Miroslava Cruz-Aldrete, aún es insuficiente el estudio sobre la gramática de la Seña al grado de que existen muchas lenguas usadas por distintas comunidades sordas, varias de ellas en América Latina, que en pleno siglo XXI siguen sin ser documentadas.
En México, como parte de la Ley General de las Personas con Discapacidad, en 2005 se reconoció la Seña a nivel jurídico, lo que permitió integrarla al patrimonio lingüístico del país. Esta consideración implicó cambios en materia legal y educativa como aquel que busca garantizar el derecho de las personas sordas a recibir educación bilingüe, así como el fomento al estudio y divulgación de diversas variantes utilizadas en el país como la Lengua de Señas Maya Yucateca.
Aunque se ha ganado terreno, especialmente en las últimas décadas, todavía hay mucho camino por recorrer. La investigación de la Seña plantea importantes retos sobre las capacidades humanas para utilizar el lenguaje en su sentido más general e incluyente, independientemente de su actualización o forma específica, así como preguntas todavía por explorarse en torno a los puntos de encuentro y desencuentro entre el lenguaje propiamente humano y el de otras especies animales.
Ainhoa Suárez Gómez
Historiadora por la UNAM y doctorante en filosofía por la Universidad de Kingston, Londres, donde investiga sobre el silencio, el lenguaje y el cuerpo.
Bibliografía
Bulwer John, Pathomyotomia, or a Dissection of the significative Muscles of the Affections of the Minde (London: Humphrey Moseley, 1949).
Cruz-Aldrete Miroslava, “Hacia la construcción de un diccionario de Lengua de Señas Mexicana”, Revista de Investigación, Vol. 83 No. 38 (2014): 57-80.
Platón, Diálogos II (Madrid: Gredos, 1987).
Rée Jonathan, I See a Voice. Deafness, Language and the Senses. A Philosophical History (New York: Metropolitan Books, 1999).
Rousseau Jean-Jacques, The Collected Writings of Jean-Jacques Rousseau, vol. 7, trans. John T. Scott (Hanover: University Press of New England, 1998).
Sacks Oliver, Seeing Voices. A Journey into the World of the Deaf (New York: Harper Perennial, 1990).
1 Platón, “Crátilo”, Platón, Diálogos II (Madrid: Gredos, 1987), 423a.
2 Jean-Jacques Rousseau, “Essay on the Origin of Languages in Which Melody and Musical Imitation are Treated”, Jean-Jacques Rousseau, The Collected Writings of Jean-Jacques Rousseau, vol. 7, trans. John T. Scott (Hanover: University Press of New England, 1998), 289-290.
3 Jonathan Rée, I See a Voice. Deafness, Language and the Senses. A Philosophical History (New York: Metropolitan Books, 1999), 98-99.
4 John Bulwer, Pathomyotomia, or a Dissection of the significative Muscles of the Affections of the Minde (London: Humphrey Moseley, 1949) Epistle Dedicatory, A11R.
5 Rée, I See a Voice, 123-128.
6 Oliver Sacks, Seeing Voices. A Journey into the World of the Deaf (New York: Harper Perennial, 1990), 20-21 (La traducción es mía).
7 Miroslava Cruz-Aldrete, “Hacia la construcción de un diccionario de Lengua de Señas Mexicana”, Revista de Investigación, Vol. 83 No. 38 (2014): 58.
El problema de las personas con sordera es muy complejo, puesto que las señas se reducen a un círculo reducido de personas. Está claro que todos los hablantes además utilizamos cotidianamente un lenguaje de señas eficaz. Las señas mo pueden, ni remotamente igualarse a habla
No leíste la nota verdad?
El mundo de las.señas entre los hablantes, aún entre desconocidos, es interesante al convinar los dos medios o formas de comunicación. Las señas, el lenguaje corporal, en el proceso evolutivo debieron anteceder a la palabra.