La búsqueda de la inmortalidad

“Pues áteme si así lo quiere pero no existe nada más inútil que un órgano.
Cuando le haya dado un cuerpo sin órganos,
entonces lo habrá liberado de todos sus automatismos y devuelto a su verdadera libertad”.
—Antonin Artaud, Van Gogh, el suicidado por la sociedad.

En el año 2019, un hombre estaba sentado frente a su única comida del día: moras, chocolate oscuro, salmón, leche de soya, avena, té verde y un cóctel de por lo menos cien pastillas. En 1862 otro hombre, estaba parado frente a un librero en la nueva biblioteca nacional de Rusia, ambos tenían la misma inquietud: vivir para siempre. El primero es Raymond Kurzweil, inventor y director de ingeniería en Google, quien sueña con crear una infraestructura digital que pueda albergar nuestra consciencia de modo que ya no necesitemos el cuerpo para seguir vivos. Su antecesor, Nikolai Fyodorov, aunque impulsado por un deseo similar, sostenía una visión completamente distinta: erradicar la muerte y la enfermedad a partir del pasado, resucitando a nuestros ancestros.

Dice el físico y cofundador del instituto Italiano por el Futuro, Roberto Paura, que en los sueños de inmortalidad se refleja el deseo del ser humano por superar las restricciones naturales, por tener una vida que no esté limitada por cosas que no podemos controlar: la enfermedad, pero sobre todo, la muerte.

Fyodorov, un cristiano devoto, no concebía a la naturaleza como algo externo a nosotros, sino como una co-creación entre el ser humano y su entorno. En ese sentido, para Fyodorov, la muerte era un problema biológico que podía ser resuelto, un bug en la programación, y el deseo de erradicar la muerte no estaría en contradicción con la naturaleza. Lo “natural”, según el ruso,no sería morir, sino colaborar con nuestro propio diseño biológico y corregir los elementos fallidos. Y en este proceso, la posibilidad de resucitar a los muertos era posible.

El filósofo ruso creía, verdaderamente, que podíamos diseñar herramientas para recuperar la materia de los difuntos y regresarlos a la vida. Y lo más asombroso es que esto no sólo lo veía como una posibilidad, sino como un deber de la humanidad. En ¿Para qué fue creado el hombre?, La filosofía de la tarea en común (uno de sus pocos textos publicados), Fyodorov reflexiona si el propósito de la humanidad es el de revertir el mal de la muerte: “¿Hay algún otro sentido o tarea para un ser dotado de consciencia?”.

Francesco Paolo Adorno, filósofo italiano contemporáneo, en consonancia con una tradición filosófica amplia, dice que la muerte es lo que en realidad nos enseña a vivir. Esto nos obliga a preguntarnos ¿qué perderíamos como sociedad y como cultura si viviéramos para siempre? Como pretenden Fyodorov y Kurzweil. A lo que probablemente ellos responderían con la siguiente pregunta, ¿de qué nos estamos perdiendo al no vivir para siempre?

En 1962 Arthur C. Clark, autor de ciencia ficción, declaró: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Un día, en el futuro, tendremos la solución a todos los problemas que ahora aquejan al mundo, y la fuente de todo ello será la tecnología. La enfermedad terminará. La comida será abundante, el trabajo se organizará en función del placer y bienestar de todos. La máquina distribuirá, arreglará, resolverá. Si el cuerpo se vuelve máquina, y la muerte es solamente un error más que se puede resolver, ¿cuál sería nuestro límite?

Ilustración: Izak Peón
Ilustración: Izak Peón

Como se puede ver, el concepto de trascender el cuerpo con herramientas tecnocientíficas se puede rastrear hasta la Rusia de Fyodorov. Desde hace unas décadas, el movimiento filosófico futurista que busca transformar la condición humana a través de la tecnología en la actualidad se conoce como transhumanismo, término acuñado por el escritor y profesor de la New School, FM-2030 (quien nació bajo el nombre de Fereidoun M. Esfandiary), en la década de los setenta.

Nick Bostrom, filósofo sueco de la Universidad de Oxford, es parte de este movimiento. Él aboga por la misión de Kurzweil, de expandir el cuerpo al conectar nuestros cerebros a la nube mediante unos transmisores en el neocórtex. Es decir, está interesado en coordinar nuestros cerebros con una computadora, proyecto que es compartido por Elon Musk, quien actualmente está desarrollando Neuralink, unos implantes cerebro-computadora cuyo propósito es crear una capa de inteligencia artificial sobre la corteza cerebral, provocando así una simbiosis de pensamiento humano-máquina.

En una conferencia del 2017 titulada Beneficial AI, estos tres pensadores discutieron, junto con otros panelistas, sobre cuáles podrían ser las posibles consecuencias de desarrollar una inteligencia artificial que supere a la inteligencia humana. Tanto Bostrom como Musk, expresaron que una inteligencia artificial de esta categoría podría ser sumamente peligrosa. Que ellos mismos, los que aspiran a ser los creadores de esta tecnología, adviertan sobre los riesgos de esta es algo que debería levantar sospechas como mínimo.

El transhumanismo de Fyodorov buscaba resucitar a los muertos desde una visión profundamente humana, desde el deseo de preservar y honrar a los seres humanos, aunque la tecnología en sí fuera imposible. ¿Qué busca el transhumanismo de Kurzweil o de Musk? ¿Para qué promover un súper cerebro o empujar la expectativa de vida si en el presente no hemos logrado una vida digna para quienes ya estamos aquí? Basta recordar que Tesla, la compañía de Musk, castigó a uno de sus empleados por su activismo sindical.

Otras narrativas del futuro ayudan a imaginar los riesgos de depositar las expectativas de una mejor vida en la tecnología. En Never Let Me Go, el autor Kazuo Ishiguro describe a una sociedad que podríamos denominar como transhumanista. La historia sigue a tres personajes principales que se encuentran en un triángulo amoroso. Lo trágico de la historia no está en el dilema de poder amar y ser amado por dos personas, sino en que los tres personajes de la novela son clones creados por la sociedad para extraer sus órganos para alargar su vida, la vida de unos cuantos. Esto es lo que hace que su amor sea imposible. Los clones van a escuelas exclusivas para ellos; en un intento de humanizarlos frente a los que pagan por sus órganos, en esta escuela hay una maestra que los motiva a crear y a producir arte. Pero eso finalmente no tiene importancia. Estos seres están diseñados para ser instrumento de los que pueden pagar para optimizar su cuerpo y reemplazar a los órganos enfermos. Estos personajes son parte de una nueva clase social: los clones.

La búsqueda por frenar la enfermedad, expandir el cuerpo y optimizar el cerebro para todos es una falsa pista de Bostrom, Kurzweil y Musk (además de que expandir el cuerpo,como menciona el filósofo francés Bertrand Quentin, presenta una nueva normativa del cuerpo, con múltiples dilemas éticos). Si el proceso de producción de una tecnología nueva no es transparente, si no podemos tener garantía de que la tecnología será accesible para todos, que tomará en cuenta todo tipo de cuerpos, esta búsqueda se vuelve repugnante. Este en realidad es un intento por extender la vida de algunos y, muy probablemente, instrumentalizar el cuerpo de otros.

Sin embargo, la propaganda contemporánea de la tecnología opera haciendo un símil entre ésta nueva tecnología y el progreso. Así, la lógica insiste en que el enemigo del progreso es enemigo del futuro. En sus escritos, Fyodorov no abogaba por establecer un régimen político o económico, ni de perpetuar su posición de poder, no creía en la propiedad, ni física, ni intelectual. El progreso para él era incluso una forma de arrogancia: habló del conocimiento acumulado como señal de superioridad. Éste se establecía dentro de una lógica de muerte, del mismo error en el que podríamos caer si no seguimos al deber de honrar a lo vivo: “El progreso construye su vida sobre los huesos putrefactos de los ancestros encerrados”.

Como los transhumanistas contemporáneos, Fyodorov creía que la tecnología es una forma de continuar, de seguir hacia adelante hacia un mejor futuro. Sin embargo, no era el cuerpo lo que él quería expandir, sino el presente. Para los transhumanistas como Bostrom y Musk, la tecnología no es el medio para erradicar la muerte o expandir el cuerpo, sino el camino para seguir frenéticamente hacia adelante, perseguir el futuro. Siempre en abstracto para que los inversionistas no hagan demasiadas preguntas. Quizás estos exponentes del transhumanismo vean hacia el futuro para no ver el presente, en el que queda mucho por mejorar la vida.

 

Sara Martínez
Escritora y artista enfocada en la tecnología computacional, la creación de comunidad y la salud mental como ejes de exploración a través del arte digital, el ensayo creativo y la escritura experimental. Desarrolló Se Acabo el Futuro, un proyecto literario sobre la experiencia sensible con la tecnología a través de la beca Fonca para jóvenes creadores en la categoría de Ensayo Creativo 2020.

 

Referencias

Fedorov, N. F. What Was Man Created For? The Philosophy of the Common Task: Selected Works, Honeyglen Publishing / L’Age d’Homme, 1990.

Adorno, F. P. Le désir d’une vie illimitée: anthropologue et biopolitique, Editions Kimé, 2012.

Clarke, A. C. Hazards of Prophecy: The Failure of Imagination, Profiles of the Future: An Enquiry into the Limits of the Possible, Harper & Row, 1973.

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Publicado en: Paradigma