Hace tiempo que en México florece la inquietud por estudiar las rutas mediante las cuales se afincó el movimiento psicoanalítico en estos territorios. Las investigaciones dan cuenta de las características comunes con otros lugares, pero también de las expresiones que le confieren a la llegada del psicoanálisis a México una particularidad digna de resaltar. Entre los derroteros que popularizaron el saber freudiano en el país, por lo menos desde la década de 1950, está presente la figura de un “Freud político”, cuyo sistema de pensamiento —tal y como advierte el historiador norteamericano Ely Zaretsky—, más allá de dar lugar a la constitución de un campo de corrientes en pugna, aportó herramientas conceptuales para comprender las limitaciones de la racionalidad moderna y la configuración de una subjetividad aguijoneada por fuerzas antagónicas y determinantes de la conducta.1
El talante subversivo de las categorías metapsicológicas influyó en diversas iniciativas políticas progresistas que delinearon transformaciones fundamentales para las sociedades occidentalizadas durante el agitado siglo XX.2 Pero al mismo tiempo se mantuvo el peso de la faceta conservadora de las ideas de Freud, que estaba en la base del burocratismo, la neutralidad ideológica y la verticalidad imperantes al interior de las asociaciones ligadas a la International Psychoanalytical Association (IPA). Prácticamente toda la producción historiográfica sobre el movimiento psicoanalítico a nivel global da cuenta de esta dinámica contradictoria, que se ve reflejada de manera diferenciada en cada país.

Para adentrarnos en lo acontecido en el caso mexicano contamos al día de hoy con narrativas que muestran, a partir de diversas estrategias metodológicas, cómo se incorporó el psicoanálisis a la plétora de debates que modularon la vida cultural durante la segunda mitad del siglo XX, y cómo se consiguieron los apoyos necesarios para su despliegue como disciplina académica, gracias a la perseverancia de una multiplicidad de actores. Se ha confirmado asimismo el rol crucial de las redes conformadas al calor de los exilios, que condujeron a personalidades europeas y latinoamericanas a crear un espacio propicio para consolidar sus itinerarios profesionales en el país.
Respecto a las particularidades que acompañan la historia del psicoanálisis en México, resulta interesante enfatizar que en el país siempre pareció tener cabida la topografía de intereses que, por una parte, enlazaban el saber freudiano con las ciencias sociales y, por otra, exploraban distintos modos de plantear una intersección entre marxismo y psicoanálisis. Dicha topografía de intereses se hizo presente desde que Erich Fromm, uno de los representantes más notables del freudomarxismo, fue quien asumió en primera instancia la encomienda de consolidar, hacia 1950, vías para que se institucionalizara el psicoanálisis en el país. Si bien la escuela heterodoxa que fundó, tributaria del proyecto intelectual de la Escuela de Fráncfort, tuvo que disputar permanentemente esferas de acción y lugares estratégicos en la academia con la Asociación Psicoanalítica Mexicana (APM) ––que sí actuaba bajo el velo legitimador de la IPA––, compartió con ésta, hasta mediados de la década de 1960, la tendencia a priorizar el acceso de los sectores médico-psiquiátricos a la formación analítica.3
En 1969, con la entrada en escena del Círculo Psicoanalítico Mexicano (CPM), se difundieron otros modos de articular los edificios teóricos de Marx y de Freud, que abrevaron de la postura de Igor A. Caruso, el fundador del Círculo Vienés de Psicología Profunda. Las posiciones que fueron construyendo Armando Suárez y Raúl Páramo-Ortega, discípulos de Caruso e impulsores del CPM, contribuyeron a que la tradición freudomarxista continuara echando raíces en el país y extendiendo las opciones de formación a otros ámbitos profesionales y a otras coordenadas geográficas.
La relevancia que esta asociación adquirió a lo largo de la década de 1970 dentro de la cartografía del campo psicoanalítico mexicano responde en gran medida a la visión y compromiso de un personaje como Suárez, con la importante labor que realizó en la editorial Siglo XXI y otros canales culturales que aprovechó para incorporar una audiencia cada vez más amplia a las discusiones sobre psicoanálisis, psicología y salud mental que estaban teniendo un impacto importante en la atmósfera intelectual de la Guerra Fría. Esta tendencia inaugurada por Armando Suárez en el CPM se vio reforzada luego por una oleada de analistas sudamericanos, que arribaron a México escapando de las dictaduras militares, y cuya profusa actividad nos brinda a los historiadores la posibilidad de ir rastreando lazos entre actores y proyectos. Estos aportaron una batería de temas y de aproximaciones críticas, que proveyeron de nuevos horizontes de acción para los profesionales psi, desplazaron el papel protagónico al área metropolitana y dirigieron su actividad a ciudades como Guadalajara, Querétaro, Jalapa, Puebla, Morelia y Monterrey. Con ello cristalizó una “cultura psi” en el imaginario colectivo que dio soporte a las prácticas sociales de las clases medias.4
Desde esa época, al interior del CPM se gestó un interés por la escritura de la historia del psicoanálisis en México. Fernando M. González publicó en 1989 unas notas que todavía sirven como referente para reconstruir la historia del psicoanálisis en México. Junto con Ma. Alejandra de la Garza, entre 2011 y 2015, conformaron una Comisión de Reapropiación de la Memoria del Círculoy realizaron entrevistas con el objetivo de resarcir el extravío del archivo del CPM.Entre marzo y julio de este año, la asociación ha organizado un ciclo de mesas de diálogo para fomentar una dinámica de retroalimentación entre la comunidad de analistas e historiadores que comparten la inquietud por reflexionar en torno a episodios claves para la historia del psicoanálisis en México. Siempre es oportuna la iniciativa de reconsiderar tendencias y legados que sirvan para afrontar los desafíos que plantea la subjetividad de la época actual.
En un momento como el que estamos atravesando, cuando la constelación política internacional se ve acechada por las sombras de muchos pasados que se actualizan, existen retos inusitados para el campo de la salud mental. Conviene recuperar las memorias de ciertos episodios que nos permiten observar con claridad la forma en que las coyunturas políticas e ideológicas influyen en la definición de los profesionales de la salud mental y sus investigaciones.
Mariana Reyna. Historiadora. Profesora de Historia Intelectual y de Filosofía e Historia de la Ciencia en la ENES-UNAM-Unidad Morelia. Es integrante de la Red de Estudios Globales sobre el Capitalismo (REGSCA). Investiga la historia de los saberes psi y las modalidades de subjetivación en la época neoliberal.
Se puede consultar la información del evento aquí. Se extiende una atenta invitación a practicantes del psicoanálisis, estudiantes de las disciplinas psi, de las ciencias sociales y humanidades y, en general, a toda persona interesada. Al finalizar el ciclo, el material quedará disponible en el canal de YouTube del CPM, en calidad de fuente documental de acceso público, con el fin de suscitar interpretaciones de los acontecimientos y abordajes que paulatinamente puedan ir subsanando vacíos historiográficos.
1 Zaretsky, E. Freud. Una historia política del siglo XX, Paidós, México, 2017.
2 Zaretsky retoma por ejemplo la influencia del psicoanálisis en la nueva izquierda, el movimiento por los derechos civiles, en los feminismos y entre intelectuales radicales afroamericanos y afrocaribeños.
3 Reyna, M., y Urrego, M. “La teoría del carácter social de Erich Fromm: clave interpretativa del proceso de industrialización en México, 1957-1974”, Revista Praxis y Culturas Psi, 2019.
4 Plotkin, M. B. “El psicoanálisis como sistema de creencias: un bosquejo de programa de investigación”, História, Ciências, Saúde –Manguinhos, Rio de Janeiro, Vol. 24, 2017.