La psicología comparada explica el origen de muchos de nuestros comportamientos. Si compartimos con los simios el miedo a aquellos que consideramos distintos a nosotros, ¿qué posibilidades biológicas tenemos de establecer una sociedad racional y solidaria?
No soy partidaria de ofender a otros usando el argumento de la libertad de expresión. No tengo claros los beneficios que encuentran quienes insultan o descalifican, si es que efectivamente los hay. No sé si de esos intercambios resultan favorecidos los que ofenden, como pretenden, o si, al contrario, los ataques son manifestación de su vulnerabilidad. Lo que es evidente es que la condena a la diferencia surge del miedo, del desconocimiento. Los insultos a las mujeres, a los homosexuales, a otros grupos étnicos son sólo algunos ejemplos de expresiones que nos bombardean y que no manifiestan sino reservas frente a lo diferente.
Pareciera que tenemos una especie de impedimento para entender lo diverso, una condición que en última instancia afecta nuestra forma de interactuar y de participar plenamente en la sociedad. Además, no siempre se queda en lo verbal, sino que se lleva a acciones de discriminación concretas que limitan nuestros derechos y socialización —por ejemplo, condicionar el acceso al empleo a una prueba de VIH o al embarazo, o no permitir la entrada de un indígena o una mujer transexual a un restaurante o lugar de consumo similar—.
Como psicóloga dedicada a estudiar la naturaleza humana me pregunto constantemente qué está en el fondo de este miedo. Tendemos a pensar que el problema está en el contexto en el que nos desarrollamos. Hay ambientes violentos que propician los enfrentamientos, sin duda. Pero, ¿y si se tratara de una respuesta natural? ¿cómo combatir este comportamiento? Algunas investigaciones de psicología comparada nos dan pistas para esclarecer esta duda.

Ilustración: Kathia Recio
La psicología comparada es una disciplina que pretende conocer la conducta humana y los mecanismos que la afectan mediante el estudio de otras especies. Propone que es importante compararnos con otras especies porque, cuando aprendemos que cierto comportamiento o sesgo está enraizado evolutivamente, significa que tiene un origen muy antiguo y por lo tanto es muy difícil de superar. Como menciona la Dra. Laurie Santos, profesora de psicología y ciencias cognitivas en la Universidad de Yale en una entrevista, sería muy difícil convencer a la gente de que los alimentos azucarados o grasosos son dañinos cuando en todas las épocas han sido los alimentos que hemos preferido; y este es un rasgo que compartimos con otras especies. Por más que sepamos que nos hacen daño si los consumimos en grandes cantidades, dejar de consumirlos va contra siglos de hábitos de consumo. Hemos heredado de nuestros antepasados muchas conductas como esta, aunque en ocasiones ya no tengan una utilidad clara.
Concretamente, las investigaciones con monos nos ayudan a estudiar el componente evolutivo de comportamientos negativos en los humanos, por ejemplo, los prejuicios que terminan en ataques a lo diferente.
Santos y su equipo de trabajo se preguntaron si los monos rhesus distinguían espontáneamente, y en fotografías, a miembros de su grupo interno de otros pertenecientes a algún grupo externo. Los monos veían la fotografía que retrataba al miembro del grupo externo por un periodo más prolongado de tiempo y los investigadores quisieron saber si esto se debía a que los veían simplemente como algo diferente, o si lo asociaban con algún aspecto negativo. Ya en humanos se había llevado a cabo un experimento que utilizaba la “Tarea de Asociación Implícita” en el que se le pidió a los participantes que categorizaran con palabras buenas y malas tanto a miembros de su propia raza y de otra Los resultados de este estudio mostraron que es muy difícil asociar implícitamente a miembros de la raza con palabras negativas y a miembros de otra raza con palabras positivas, lo que sugiere que, aunque no lo notemos, tenemos ciertos sesgos negativos al juzgar a los que creemos que pertenecen a otros grupos.
En el caso de los monos, los resultados fueron muy parecidos: tenían que asociar arañas y frutas con imágenes de sus propios miembros. Cuando tenían que categorizar arañas con un miembro del grupo externo, el tiempo que tardaban en hacerlo era menor, sugiriendo que la valencia emocional que le brindan a los miembros de grupos externos es similar a la de un depredador. Similarmente, cuando los monos asociaban frutas con miembros de su propio grupo, el procesamiento era veloz. El estudio demostró que monos y humanos hacen el mismo tipo de asociaciones. Este proceso valorativo parecería ser antiguo y estar enraizado en la evolución. Por consiguiente, superar nuestros prejuicios a lo diferente parecería ser mucho más complicado de lo que pensamos.
Investigaciones de cognición social como esta nos ayudan a observar y entender las raíces del racismo, el sexismo o cualquier forma de discriminación que incluya disputas entre grupos. El problema, sin embargo, es que los humanos hacemos grupos mucho más complejos que los monos. Podríamos querer pertenecer a algún grupo y en realidad ser parte de otro en el que no nos sentimos cómodos. Este sentido de pertenencia es tan importante que podemos ofendernos a nosotros mismos cuando no aceptamos los rasgos del grupo al que no queremos pertenecer. Por ejemplo, los hombres y sus rasgos femeninos, o los mexicanos y nuestros rasgos indígenas. Al estar atravesados por el lenguaje y vernos expuestos toda la vida al mensaje de que ser mujer, gay , indígena o persona con discapacidad es algo negativo, nos avergonzamos y tendemos a querer destruirlo. En este sentido, podemos ofender por igual a personas que no pertenecen a nuestro grupo o a personas que pertenecen al grupo del cual no queremos ser parte.
Para entender más sobre el papel del ambiente en el rechazo a lo diferente y su transformación en violencia, la definición del sistema de juego de Jaak Panksepp es de mucha utilidad. El autor acuñó el término “neurociencia afectiva” (el estudio de los mecanismos cerebrales de la emoción) y descubrió que el sistema de juego es uno de los siete sistemas emocionales primarios positivos. El juego es una reacción espontánea y placentera suscitada por actividades divertidas. En crías de mamíferos se utiliza para tener interacciones que simulan reacciones adultas: defenderse, y aliarse. Los niños se entretienen con juegos como “las traes” para medir y ejercitar su propia capacidad, alcances y límites para huir de algo. Entre los adultos, una de las formas más comunes de juego son las bromas. Uno de los indicadores centrales de la activación de este sistema es la risa y su propósito es crear alianzas para conseguir metas en conjunto como grupo. Si alguno de los miembros del juego no se ríe, el aparente juego o broma se convierte en violencia, pues destina a la persona agredida a una posición de sometimiento y devaluación. Lo complicado es cuando se culpa al que termina afectado o asustado, mientras que “quien aguanta” lo hace porque contaba con la posibilidad de una relación, de un amigo, de no ser excluido del grupo, de pertenecer, de perseguir una necesidad humana básica para la supervivencia.
La ciencia nos ayuda a esclarecer nuestro comportamiento ante lo diferente y nos ha informado que esto es difícil de cambiar. Sin embargo, aunque seamos primates y en algunas cosas nos sigamos comportando como tal, la capacidad reflexiva es justamente uno de los rasgos que nos distingue de los monos y es la herramienta que tenemos para poder ir en contra de estos sesgos evolutivos. Mi propuesta es que, antes de hablar, pensemos en no herir a los demás, que ejerzamos nuestra libertad respetando a los otros. Que dejemos de confundir fortaleza con aplastamiento y devaluación. De esta manera podremos empezar a crear un mundo de mejor convivencia, con miembros que no carguemos con heridas acumuladas.
Carla Márquez Muñoz
Doctora en Psicología (Neurociencias de la Conducta) por la UNAM, Maestra en Psicología del Desarrollo desde perspectiva neurocientífica y psicoanalítica por University College London, Yale University y Anna Freud Centre. Investigadora en parentalidad, desarrollo, apego, neurociencias y autismo.
Bibliografía
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Greenwald, A. G., Poehlman, T. A., Uhlmann, E. L., & Banaji, M. R., “Understanding and using the Implicit Association Test: III. Meta-analysis of predictive validity”, Journal of Personality and Social Psychology, 97(1), 2009, pp. 17–41.
Mahajan, N., Martinez, M. A., Gutierrez, N. L., Diesendruck, G., Banaji, M. R., & Santos, L. R., “The evolution of intergroup bias: Perceptions and attitudes in rhesus macaques” Journal of Personality and Social Psychology, 100(3), 2011, pp. 387–405.
Panksepp, J., Siviy, S., Normansell, L., “The psychobiology of play: Theoretical and methodological perspectives”, Neuroscience and Biobehavioral Reviews, 8(4), 1984, pp. 465-492.
Panksepp, J. (2007). “Can play diminish ADHD and facilitate the construction of the social brain?” Journal of the Canadian Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 16 (2). 57-66.
O sea nos falta investigaciones en estos aspectos.