Los problemas ecológicos del planeta sin duda afectan la salud de los seres humanos: la más reciente advertencia es la pandemia de covid-19. Con la nueva serie “El cuerpo ante la crisis ambiental”, los blogs Crisis Ambiental y (Dis)capacidades exploran las consecuencias de esta desestimada relación.
Nunca antes en la historia de la humanidad hemos tenido tanto conocimiento acerca de cómo funcionan las cosas en el mundo, sin embargo, no lo usamos a nuestro favor. Por el contrario, la mayor parte de las personas y sociedades con mayor influencia en la dinámica socioeconómica global siguen empeñados en operar bajo el paradigma de que la naturaleza está para servirnos de ella con el fin de satisfacer las necesidades básicas y superfluas de una población humana cada vez más numerosa, exigente e insaciable. Pensamos que tenemos el derecho supremo de hacer con los recursos naturales, incluyendo los demás seres vivos, lo que mejor nos convenga como sociedad o, más bien, lo que mejor le convenga al sector dominante de la población. No obstante, esta forma de ver la vida resulta contraproducente para la humanidad. Ya son muchas las señales que nos dicen —a gritos— que la situación socioambiental está en un momento definitorio para el futuro del planeta. Un futuro más próximo y más incierto de lo que podíamos prever hace unos pocos años.

Ilustración: Daniela Martín del Campo
El “estar bien”
Existen diferentes definiciones y dimensiones del bienestar. Desde el punto de vista individual, una definición simple de la Organización Mundial de la Salud lo refiere como un estado sostenido de sentirse y funcionar bien que permite al individuo el crecimiento y la realización personales. De acuerdo con los especialistas, el bienestar individual tiene elementos subjetivos, como la satisfacción y el significado de la vida. También tiene elementos objetivos (es decir, que se pueden medir) y estos tienen que ver principalmente con la cobertura de derechos y necesidades humanas básicas, como alimentación, salud, educación y seguridad adecuados así como la posesión de bienes con valor cultural. Pero el bienestar también tiene una dimensión más allá de lo individual, y es el bienestar social. Éste se refiere al grado de satisfacción que tiene un grupo de personas con sus condiciones de vida en función de su contexto cultural. De esta forma, es posible analizar el grado de bienestar social con base en indicadores que dependen de las normas y valores sociales. Por ejemplo, lo que para un grupo social puede contribuir a su bienestar como comunidad, digamos la adquisición de bienes materiales, puede ser mayormente irrelevante para un grupo, cuyo bienestar esté más bien determinado por sus principios religiosos y crecimiento espiritual.
Bienestar y salud
Sin embargo, existen elementos comunes, tanto para las personas como para los grupos sociales, que tienen gran influencia en el bienestar, independientemente del contexto cultural; quizás el más importante de ellos es la salud. La salud no sólo se refiere a la ausencia de enfermedades o padecimientos, es un concepto más amplio e integral que transita desde lo individual hasta las sociedades y abarca al menos dos dimensiones: la física y la psicológica. Así, para que una persona o un grupo de personas alcancen un estado saludable en el más amplio sentido, deben de mantener un funcionamiento físico y psicológico adecuados. Es por eso que existe una relación bidireccional entre la salud y el bienestar: es importante tener salud para estar bien, y se necesita un nivel adecuado de bienestar para mantener una buena salud en todas sus dimensiones.
En años recientes, la noción de salud se ha extendido hacia una concepción más holística. Al situar la salud humana en el centro de interés, es necesario considerar todos los aspectos que la determinan. De esta forma, la salud física y psicológica de las personas no sólo dependen del contexto sociocultural, sino también de su entorno natural. Por ejemplo, existe un movimiento a nivel mundial conocido como One health (Una salud) que promueve la idea de que la salud humana está interconectada con la salud de los animales, pero también de sus ecosistemas. Este enfoque surge del reconocimiento que más del 60 % de las enfermedades infecciosas conocidas (es decir, enfermedades producidas por la infección de un patógeno, como virus, bacterias, hongos, etc.) son producidas por agentes patógenos que provienen de animales que pueden o no estar directamente asociados con los humanos. Como el caso de la peste, que es producida por la bacteria Yersinia pestis, transmitida a los humanos por una pulga que se alimenta de la sangre de ratas y ratones, tanto silvestres como comensales (los que viven entre los humanos). Si un roedor está infectado con la bacteria, y la pulga que lo picó también pica a una persona, se produce la transmisión y de allí el contagio entre personas. La mortandad de esta enfermedad es tan alta que ha producido las pandemias más mortíferas de la historia. Otras enfermedades infecciosas no provienen de animales directamente asociados con las personas, pero pueden ser transmitidas a los humanos cuando hay alguna forma de contacto, como en el caso del virus del ébola. Este virus es transmitido inicialmente al humano por el contacto con los fluidos de ciertas especies de primates no humanos y de murciélagos infectados con el virus. Una vez en la persona, el virus tiene una enorme capacidad de transmisión de persona a persona, causando graves epidemias con mortandades que pueden llegar, incluso, hasta el 90 %. En el mundo, el número de enfermedades zoonóticas —es decir, que se transmiten de los animales a los humanos– se cuentan por cientos.
Las enfermedades zoonóticas no solamente provocan padecimientos físicos, sino también psicológicos. Un buen ejemplo de esto es lo que estamos viviendo actualmente con la pandemia de covid-19, una enfermedad infecciosa emergente provocada por el coronavirus SARS-CoV-2. Además de los más de 162 millones de personas infectadas y más de 3 millones de defunciones en todo el mundo, según los datos de la Organización Mundial de la Salud, la crisis emocional provocada, tanto a nivel individual como social, es inmensa. Existe un aumento notable de trastornos psicológicos, como ansiedad, depresión, ira y estrés, que llevan a crisis sociales, como aumento de la violencia doméstica y rompimientos familiares, entre muchos otros.
Medioambiente, salud y bienestar
El otro eslabón en la cadena del concepto integral de salud es el nivel de “salud” de los ecosistemas en los que viven animales silvestres, humanos, animales domésticos, comensales y los patógenos de todos ellos. Es decir, el grado de alteración en la estructura y función que mantienen los sistemas ecológicos, o su integridad ecológica.1 Un estudio reciente estimó que la biomasa antropogénica, es decir, el peso acumulado de la humanidad y su fauna domesticada (principalmente el ganado bovino y porcino), representa aproximadamente el 95.8 % del total de la biomasa de todos los mamíferos del mundo, silvestres y domésticos.2 En otras palabras, la biomasa antropogénica es casi 23 veces mayor que la biomasa de mamíferos silvestres. Algunos podrían pensar que esta abrumadora diferencia de alguna manera favorece la disminución de enfermedades zoonóticas, pues si hay muchos menos animales silvestres comparados con los humanos y sus animales domésticos, entonces hay menos posibilidades de transmisión de algún patógeno de origen animal. Sin embargo, ocurre exactamente lo opuesto.
Como se mencionó anteriormente, muchos de los patógenos conocidos pertenecen a distintos grupos de microorganismos, entre ellos hay bacterias, protozoarios, hongos y virus. Los microorganismos son seres fascinantes en muchos sentidos y la gran mayoría son inocuos para los humanos, muchos son benéficos y sólo algunos producen infecciones. Los microorganismos son los primeros seres vivos que existieron en el planeta desde hace unos 3500 millones de años y tienen la característica de ser extraordinariamente adaptables a las condiciones cambiantes de su ambiente. Basta con pensar en todos los cambios ambientales y climáticos que ha sufrido la Tierra en ese periodo para darnos cuenta que los microorganismos son imbatibles. Es precisamente esta cualidad la que le permite a los microorganismos patógenos infectar a los humanos cuando no son su hospedero natural. Consecuentemente, la disminución de la integridad ecológica causada por la expansión de los ecosistemas dominados por las personas —asentamientos humanos, tierras para la agricultura y la ganadería— a costa de los ecosistemas naturales, provoca un mayor contacto entre los humanos y su fauna doméstica con la fauna silvestre y, por ende, una mayor exposición al intercambio entre sus patógenos.
Además del aumento de enfermedades zoonóticas, el deterioro ambiental impacta de otras formas la salud física de las personas, por ejemplo, a través del incremento de enfermedades provocadas por la contaminación atmosférica o del agua. Por el contrario, un alto grado de integridad ecológica influye directamente en el bienestar de las personas no sólo a través de una mejor salud física, sino también psicológica. Muchas personas experimentamos placer emocional de respirar el aire fresco en una montaña o de admirar la puesta de sol en una playa; es decir, obtenemos beneficios tangibles e intangibles de la naturaleza.
No es posible pensar en la salud y el bienestar de la humanidad si no tomamos en cuenta la integridad ecológica y asumimos la responsabilidad de mantenerla y recuperarla. Para ello es necesario romper el paradigma de ver a la naturaleza simplemente como proveedora de bienes y servicios. Más bien, y por el bien de nosotros, debemos entendernos como parte de ella, porque de esa forma podremos comprender que los impactos al ambiente irremediablemente repercutirán en el bienestar de la humanidad. Hagamos lo que más nos conviene.
Enrique Martínez Meyer
Instituto de Biología, UNAM
1 Equihua, Z.; Benítez, B.; Schmidt, M.; Equihua, B. y Álvarez, P. “Integridad ecológica como indicador de la calidad ambiental”, Bioindicadores: Guardianes de Nuestro Futuro Ambiental, ECOSUR, Chiapas, 2014, pp. 695-718.
2 Bar-On, Y. M.; Phillips, R. y Milo, R. “The biomass distribution on Earth”, Proc. Natl Acad. Sci. 115(25), Estados Unidos, 2018, pp. 6506–6511. DOI: 10.1073/pnas.1711842115
Es necesario que nos recuerden todos los días, nuestra responsabilidad para con la naturaleza y cómo debemos comportando con ella, gracias