La salud mental infantil depende de la salud mental de los adultos

En el contexto de una pandemia la fragilidad de la salud mental ha cobrado relevancia, es pertinente cuestionar los efectos a futuro de una mala salud mental en la infancia y las consecuencias a partir del descuido de los adultos.

Durante la infancia, el mundo parece ser pequeño y a mí me gustaba achicarlo todavía más haciendo casas dentro de mi casa. Cuando tenía seis años quise construir un castillo con la mesa del comedor, pero el mantel no lograba tapar mis torres, así que lloré como lloran los niños que se sienten solos. Recuerdo vagamente a mi mamá jovencísima gritándome y luego una imagen que he repasado muchas veces en mi cabeza: yo frente al espejo, con una cuchara fría sobre mi párpado morado.

A los 19 años me fui, sin muchos ahorros, a una casa que no tenía luz eléctrica y donde el único mobiliario era una hamaca en la que dormí profundamente por primera vez. Recuerdo haberme sentido libre y feliz. Sentía que había escapado de un hogar al que todavía me cuesta trabajo volver. Pero no fue así. A pesar de que intentaba no parecerme a mi mamá, vivía siempre al borde de un colapso nervioso, continuaba teniendo ataques de ansiedad, acompañada de una ira que no sabía en dónde poner y una falta de autoestima que me impedía construir mi propio refugio. La violencia se había mudado conmigo.

“No hay nada más enloquecedor para el ser humano que vivir violencia por parte de quienes deberían cuidarte”, dice Alejandra Molina Rodríguez, psicóloga y coordinadora de contenidos académicos y extensión en la fundación América por la Infancia México.  Ella explica que los primeros mil días de vida —es decir, los primeros dos años y medio— son críticos para el desarrollo del cerebro humano, el cual crece sano en condiciones emocionales favorables en las que haya cariño y apego.

Por su parte, las infancias que crecen con un miedo provocado por sus cuidadores, pueden desarrollar patologías severas, según demuestran estudios neurológicos sobre el Trauma Complejo y Experiencias Adversas en la Infancia (ACE por sus siglas en inglés). La primera investigación de este tipo se llevó a cabo en la organización estadunidense Kaiser, de 1995 a 1997. En este estudio más de 17 mil personas fueron entrevistadas, el enfoque fue relacionar sus experiencias en la infancia con su estado de salud y con ciertos comportamientos en la adultez. Los investigadores concluyeron que quienes sufrieron por lo menos cuatro de las diez Experiencias Adversas identificadas experimentaron afectaciones profundas en su salud mental.

Las Experiencias Adversas son las siguientes: maltrato físico infantil, maltrato sexual infantil, maltrato emocional infantil, descuido emocional, descuido físico, persona con una enfermedad mental, deprimida o con pensamientos suicidas en el hogar, familiar drogadicto o alcohólico, ser testigo de violencia doméstica contra la madre, muerte de un padre o abandono por divorcio de los padres, encarcelamiento de cualquier miembro de la familia por un delito.

La vida marcada por el miedo sin solución, incluso en situaciones donde no hay violencia ni abuso, es semejante a un evento traumático. Las experiencias adversas “ocurren en los cerebros y cuerpos de los niños y generan niveles altos de cortisol por el estrés, lo que afecta la capacidad y la habilidad de aprendizaje del cerebro”. Esas experiencias generan un Trauma Complejo por la exposición prolongada de situaciones de estrés que consumen la energía mental. Quienes sufrimos esto en periodos prolongados, sobre todo en los primeros ciclos de vida, generamos problemas de regulación del afecto y de los impulsos, la memoria y la atención, la autopercepción, las relaciones interpersonales, la somatización, y los sistemas de significado.

Kitzia, quien vive en Colima, tiene 28 años y es psicóloga, dice: “Me daba miedo el error. Sé que ya no soy como en ese tiempo pero sigo teniendo ansiedad, la exigencia de hacerlo todo bien, una angustia y tensión de equivocarme. Sé que soy hostil cuando me siento amenazada y es lo que trato en terapia: no necesito defenderme de toda la gente, no toda la gente es agresiva”. Para ella, salir del círculo de violencia es el primer paso pero no el último para atender la salud mental. Fue a partir de su contacto con la carrera que reconoció su propio proceso y los conceptos que le ayudaron a comprender lo que había vivido.

Del otro lado de la pantalla, Kitzia, como otras personas que sufrieron maltrato en la niñez, relata una historia de patrones: una madre imponente, angustiosa y manipuladora. Hermanas que comparten el mismo dolor en diferentes dosis, casi siempre la mayor (que crece sin esa red de apoyo) con las secuelas más marcadas. Un padre que en los mejores casos fue una base segura y en el peor, violentaba a la mamá; en algún testimonio fue ambas cosas, fueron de las cosas que recordó Kitzia durante la entrevista.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Lo difícil no es perpetuar la violencia, lo difícil es romper el patrón

América Latina y el Caribe son las regiones del mundo en las que viven más niñas y niños maltratados física, psicológica, emocional y sexualmente. El informe “Violencia contra niños, niñas y adolescentes en América Latina y el Caribe 2015-2021” de la Unicef explica que la violencia física contra las infancias prevalece en un 42 %, la violencia sexual en un 14 % (aunque ésta tiene un subregistro), y la agresión psicológica entre el 54 y 57 %. A esto se suma que las niñas, niños y adolescentes experimentan múltiples tipos de violencia en más de un entorno.

Las secuelas y su impacto dependen de cada persona y su contexto, pero hay una constante entre los entrevistados: la profunda falta de valoración y autoestima, el autoconcepto de culpa y subestimación, un miedo incontenible a cometer un error, y un cerebro en alerta permanente, acostumbrado al estrés. “Cuando lees el estudio de las Experiencias Adversas te das cuenta de que en Latinoamérica todos tenemos Trauma Complejo. La mente no es algo individual, es algo comunitario que construimos a partir de discursos y acciones que vemos de otras personas”, apunta Fernando Borges Barrientos, especialista en maltrato infantil.

Lo anterior se debe a que la violencia es un problema estructural, y quienes la ejercen muy probablemente también sufrieron maltrato infantil. Entonces, las personas que vivimos violencia no sólo tenemos que sanar mentalmente sino aprender a controlar los patrones aprendidos. El primer paso es reconocerla y salir de ella, pues, como dice la psicóloga Alejandra Molina, mientras más expuesto está un cerebro a la violencia, más difícil es repararlo.

En México, 52.8 % de quienes tienen entre 1 y 14 años de edad han experimentado métodos de disciplina con violencia en sus hogares, según la Unicef. En el 2020, esta organización dio una asesoría técnica al Congreso mexicano e impulsó reformas para prohibir el castigo corporal y humillante como método de disciplina. Este programa de cooperación previsto para el periodo 2020-2025 se topó con un obstáculo más grande: la pandemia de covid-19.

Durante el confinamiento obligatorio, la violencia doméstica y “los niveles de estrés derivados de la inseguridad económica y alimentaria que han vivido las familias” incrementaron exponencialmente. En el mismo informe, la Unicef señala que de enero a junio de 2020 las llamadas de emergencia al 911 por incidentes relacionados con la violencia aumentaron un 45.8 %.

“Es fundamental que el gobierno cuente con un sistema de protección sólido y con personal capacitado que pueda detectar, atender o canalizar oportunamente los casos de violencia contra niños, niñas y adolescentes”, dice la Unicef.

De acuerdo con el último reporte del INEGI, la ideación suicida está más presente en mujeres de 50 a 59 años, seguida por niñas y adolescentes de 10 a 19 años. El psicólogo Fernando Borges Barrientos trabaja en Yucatán, un estado cuyo nivel de suicidio es tan alto como el de violencia familiar. Es el tercer estado de la República con la tasa de suicidios más alta.

“Esta violencia no está en la calle, está en el lugar donde deberías estar más seguro. Y la consecuencia es que los niños comienzan a ser violentos fuera de casa, porque es la forma en la que aprenden a solucionar los problemas de la vida”, dice.

Los especialistas coinciden en que la violencia hacia la niñez tiene que ser denunciada ante la Procuraduría de Atención a Niñas, Niños y Adolescentes o al Ministerio Público, pues es obligación del Estado garantizar espacios sanos y seguros para las infancias del país mediante sus sistemas de protección. La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes establece las pautas para que en los espacios públicos y privados se respete su derecho a una vida libre de violencia.

Pese a ello, hoy en México hay aproximadamente 33 mil niños, niñas y adolescentes viviendo en algún Centro de Asistencia Social y privados del derecho a vivir en familia y en comunidad. “A pesar de lo establecido en la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y de los efectos negativos que conlleva, la institucionalización sigue siendo la medida de cuidado alternativo más recurrente para niñas, niños y adolescentes privados del cuidado familiar. Es importante realizar una reforma integral al sistema de cuidados alternativos en México y adoptar una política de desinstitucionalización gradual”, sentencia la Unicef.

Ser la oveja negra de la familia

Santiago tiene 28 años y vive en Guadalajara. Es gay y la expresión de su sexualidad siempre fue un problema para su mamá. Ahora, reconoce que fue víctima de violencia psicológica y, en su experiencia, es algo que viven constantemente las personas de la comunidad LGBTQA+ en la infancia. Durante su adolescencia hubo un quiebre en su relación familiar y comenzó a vivir otra forma de manipulación emocional. Ahora, sus hermanos y él han logrado dejar de sentirse culpables. “Cuando he estado en relaciones sentimentales noto que actúo como mi mamá: soy hiriente y sarcástico; decía cosas que yo sabía que le estaba dando a la persona donde más le dolía. Los papás traen una serie de daños, mi mamá creció en un contexto que no fue sencillo. El ciclo se rompe cuando buscas ayuda”, dice.

Fernando Borges, psicólogo, apunta que la interpretación de la realidad tiene que ver con la memoria, pues en el momento en el que se vive la violencia el cerebro siente mucho estrés y entra en un sistema de alerta que modifica nuestra percepción.

Un hecho reconocido comúnmente es que la adolescencia es el momento más crítico de la violencia porque comenzamos a defendernos, y eso genera una crisis familiar.

“Cuando fui adolescente y comencé a desarrollar mi personalidad hubo un choque enorme. Fue de los peores momentos: gritos, ataques de ansiedad, desgaste de energía. Mi madre me tiraba cosas y había violencia física, yo me quedaba aislada sintiendo que ella me odiaba”, dice Mar de 24 años. Ella es feminista y la relación con su mamá es un tema en el que trabaja constantemente, desde la empatía pero también el autocuidado.

La crianza en América Latina tiene rostro de mujer

No todos los que ejercen violencia se dan cuenta de ello. Karla Caballero de Equilibria, un grupo de psicoterapia y consejería con perspectiva de género, explica que quienes ejercen esta violencia pueden no ser conscientes de ello, o serlo y generar culpa. La maternidad en específico está cargada de estereotipos y expectativas que romantizan la labor de la crianza, y muchas madres —incluso aquellas que no ejercen violencia pueden sentirse culpables.

Se habla mucho de que hay que acabar con el estereotipo de “buenas madres” pero olvidamos lo importante que también es sanar con la expectativa de ser “buenos hijos”. Tenemos que reconciliarnos con la idea de que nunca tendremos una madre o un padre que quepa en esas expectativas, pero de igual manera debemos reconciliarnos con los hijos amorosos que nunca pudimos ser.

Yo estoy segura de que el maltrato que viví por parte de mi mamá tiene que ver con la opresión de género y la violencia que heredó de un padre ausente y violento. No justifico su violencia, pero parte del proceso de sanar ha sido comprender que hay razones muy profundas, que no son personales, sino que forman parte de un sistema en el que todos salimos perdiendo.

Mar cuenta que conocer la historia de su mamá, quien fue violentada por ella durante su infancia, le ayudó a comprenderla: se casó el mismo día que se tituló para seguir a su marido en otra ciudad, dejó a su familia y la vida como la conocía. “Con el feminismo y la terapia, trato de ver a mi mamá con más humanidad. No es un caso aislado, son violencias sistemáticas y no es casualidad que no se hable mucho, pero entender esto me ha dado libertad”, dice.

Alejandra Molina, de la fundación América por la Infancia México, explica que “una persona con un cerebro sano sólo soporta 18 meses cuidando a un bebé en soledad. Eso es todo lo que tu cerebro sano puede aguantar, imagínate las personas que viven violencia o tienen problemas de salud mental. Es importante entenderlo como algo estructural, no aislado. Es una cadena. Y no es que las mamás sean más violetas que los papás, es que los papás no están. Por diversas razones, no están. En México y Latinoamérica, la crianza tiene una cara y es la de la mujer”.

Por su parte, Regina Carrillo, psicóloga especialista en infancias y maternidades, dice que la maternidad como imposición no le permite a las mujeres cuestionar si quieren, si están listas o si tienen las condiciones para ser madres. “Tendríamos que encontrar otras maneras de resolver esto como sociedad. No dejar solas a las personas que crían. Podemos cuidarnos como tribu y al mismo tiempo respetar características individuales de la crianza. Sólo cuando la sociedad se involucre en la crianza vamos a encontrar soluciones para la niñez. Tenemos la capacidad de no repetir esos patrones y podemos trabajar en los efectos de esos malos tratos de nuestra vida. Tal vez de borrar lo que sucedió no, pero sí de transformar lo que viene”, agrega.

Santiago y Mar se encuentran en proceso de sanar la relación con sus mamás sin renunciar a ellos mismos, poniendo límites. Kitzia, por otro lado, ha decidido sanar marcando una distancia y así se siente feliz. Los especialistas coinciden en que la violencia está íntimamente vinculada con las jerarquías de poder, en las cuales el padre ausente generalmente violenta a la madre y esto es tan opresivo como la crianza basada en el castigo.

La salud mental de quienes cuidan

Preocuparse por la salud mental es un triunfo generacional. Romper ciclos de violencia a través de terapia y cuestionar las formas de crianza responden con fuerza a esa normalización histórica del silencio sobre la violencia.

“Desde la Fundación América por la Infancia promovemos el cambio de paradigma de los malos tratos a los buenos tratos en la infancia: poner en el centro la dignidad de los niños y las niñas. Todo lo que tenga que ver con el miedo hay que erradicarlo con palabras, ponerle nombre a las situaciones. Donde hay violencia, hay falta de palabras”, explica Alejandra.

La última Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado del 2021 dice que el 19.5 % de la población tiene síntomas de depresión y 56 % de ansiedad. Aún así, en los últimos años México ha asignado solo el 2 % del presupuesto total de la Secretaría de Salud para atender la salud mental. En 2021 se destinaron 3 mil 031 millones de pesos, una reducción del 0.1 % con respecto al 2020, de acuerdo con el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria A. C.

Los programas de Prevención y atención contra las adicciones y Atención a la salud se llevan casi el 90 % del presupuesto, que a su vez destina la mitad a hospitales psiquiátricos, aunque la OMS ya ha advertido anteriormente que: “La disminución del presupuesto destinado a salud mental, así como la concentración de los recursos económicos, humanos y materiales en hospitales psiquiátricos podrían limitar las acciones comunitarias de salud mental”.

Según la Unicef, la atención de la salud mental en México tiene entre sus retos: la insuficiencia y falta de accesibilidad a los servicios, estigma, discriminación, falta de información, brecha de atención por el costo de los tratamientos, atención a la niñez que se encuentra institucionalizada, en situación de calle o las infancias trabajadoras. “La salud mental sigue siendo una de las mayores demandas de salud insatisfecha y se tiene que reflexionar acerca de la respuesta que se ofrece, en particular a los niños, niñas y adolescentes”, sentencia.

La salud mental es hoy una prioridad mundial, pues “impone una enorme carga de morbilidad en las sociedades en todo el mundo: son responsables de 10 % de las enfermedades globales y en América Latina y el Caribe los trastornos mentales y neurológicos representan el 22 % de la carga total”, de acuerdo con la OMS. El 20 % de las infancias sufren algún tipo de trastorno.

Atender la salud mental de quienes crían y cuidan también es fundamental. Como dice Alejandra, las infancias tienen la habilidad de leer a los adultos que son más saludables, les gusta estar con personas que les hacen sentir seguridad. “La salud mental infantil depende de la salud mental de los adultos”, finaliza.

 

Katia Rejón Márquez
 Periodista freelance y escritora. Dirige la revista Memorias de Nómada en Yucatán, medio que pertenece a la Coalición LATAM, una red de medios independientes de América Latina. Colabora en La Jornada Maya, Pie de Página, Malvestida, entre otros. Autora del libro de poesía Notas de Jardinería (Cuadrivio, 2020).

 

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Publicado en: Salud mental