Los cuerpos que no caben en el movimiento “body positive”

Desde los ochenta, el movimiento por la aceptación de todos los cuerpos ha sido retomado y contestado por diversos colectivos. La autora nos cuenta cómo el “body positive” y sus derivados mantienen a muchos tipos de cuerpos, cuerpos aparentemente disfuncionales, en los márgenes de la representación.

A finales de la década de 1960, quinientas personas se reunieron en el Central Park de Nueva York para protestar en contra de los prejuicios hacia las personas gordas. Cuerpos gordos, trans, queer, negras y negros se organizaron para luchar contra la discriminación, por oportunidades de trabajo y por su dignidad como personas. En 1969, como parte del Fat Acceptance Movement —movimiento de aceptación de la gordura— surgió la organización National Association to Advance Fat Acceptance. En Estados Unidos, el movimiento tuvo eco entre personas con discapacidad y pertenecientes a minorías étnicas o raciales, así como entre personas que de una forma u otra no se identificaban con los cuerpos normativos. Estos grupos se sumaron a acciones para fomentar la “aceptación de todos los cuerpos” y llamaron a “derribar estándares de belleza”. Este activismo culminaría en la creación del movimiento Body Positive a finales de los ochenta.

Diversas fuentes le atribuyen la popularización de este término —el cuerpo positivo— a la organización The Body Positive, a cargo de las feministas Connie Sobczak y Elizabeth Scot, quienes la crearon a partir de su pasión compartida por “liberar” a las personas de una lucha perpetua contra sus cuerpos y como respuesta al ideal de “cuerpo perfecto” que mostraban revistas, pasarelas de moda, el cine y la televisión en la década de 1990. Como especialistas en desórdenes alimenticios, Sobczak y Scot alzaron la voz contra la presión que genera la delgadez como el estándar de belleza y llamaron la atención sobre los efectos en la salud mental que puede tener una mala relación de las personas con la comida.

Actualmente, en las redes sociales hay dos grupos que antagonizan con firmeza alrededor del concepto “body positive”. Por un lado, están quienes consideran que este es un llamado a descuidar la salud o que fomenta la obesidad y otras enfermedades; en el polo contrario, hay quienes exigen una mirada más amplia y apelan al respeto de cada cuerpo sin importar tallas, a la diversidad en la belleza y a una mayor representación de la variedad de cuerpos en el espacio público, llamando a detener la discriminación y el acoso. Ninguna de las posturas, sin embargo, considera la discapacidad.

Como mujer con discapacidad, el movimiento por el cuerpo positivo no me representa. Aunque diga promover el amor a la propia apariencia, presenta al cuerpo como algo estático, que no cambia. Al centrarse en mostrar un diálogo únicamente entre cuerpos gordos y normativos, la idea de abogar “por todos los cuerpos” no considera las realidades diversas, racializadas e interseccionales. Después de mi primera cirugía de rodilla a causa de un tumor, personas cercanas a mí subrayaban la belleza de mi cuerpo a pesar de que mi pierna derecha había quedado inutilizable. Yo diario intentaba ser positiva, pero lo cierto es que era cansado despertar y tratar de aceptarme en un contexto de dolor e incertidumbre,  que apresuraba mi adaptación a una vida con menor autonomía, en la que tenía que averiguar cómo moverme sin caer o hacerme daño; explorar cómo sería mi sexualidad, incluir nuevos hábitos alimenticios, de sueño, de higiene y rutinas para las que necesitaba asistencia. ¿Cómo amarme en medio del duelo y la despedida de lo que ya no podría hacer? Yo estaba concentrada en solventar la falta de accesibilidad que había fuera de mi casa, sin ninguna guía.

Ilustración: Oldemar González

La positividad inalcanzable

Diversos medios, portales y usuarios de internet han cuestionado el “body positive” al preguntar si es realmente posible mantener de forma constante el amor y la positividad respecto a la imagen corporal. El concepto “body neutrality” —el cuerpo neutral— llegó como respuesta. El término fue acuñado en 2015, pero se popularizó en 2016 gracias a  los programas que organizó la consejera y detractora de la cultura de las dietas, Anne Poirier, en retiros de bienestar en Vermont. El objetivo de estos programas era reconocer que amar el cuerpo todo el tiempo no es realista y aprender que el cuerpo es un vehículo. Más que pensar si su forma está bien o mal, hay que pensar en que nos permite existir y movernos.

Incapaz de mantenerme neutral en aquellos meses cuando mi vida cambió debido al dolor —a las nuevas inseguridades, a la rutina hospitalaria, al proceso de aceptación de la piel flácida que dejó la cirugía, a saber que ya no podría salir a correr, bailar o ejercitarme como acostumbraba y que, si bien antes me sentía fuerte, mi nueva realidad era una débil musculatura— intenté distraerme de estas ideas pasando mucho tiempo en redes sociales en búsqueda de historias similares. Mala idea. El contenido, en vez de distraerme o animarme, me afectó. La prédica por el “amor al cuerpo” venía de cuentas de fitness, wellness o de belleza. No tenía referentes que se asemejaran ni un poco a mí.

No veía a mujeres disfrutando de sus cuerpos con discapacidad, hablando sobre las posibilidades de recuperación tras una operación ósea, o sobre tener la rodilla llena de fibrosis tras recibir radioterapia, o sobre ser candidata para una amputación y para una prótesis interna. ¿Alguien más tenía problemas similares a los míos? ¿Alguien más sentía tantas presiones por mantener una buena actitud a pesar de que la vida se les había roto en cuerpo y realidad? ¿Cómo podía mantenerme positiva y amarme si me sentía sóla, destinada a ser invisible?

El body positive se ha vuelto una disputa de hashtags sobre un término desvirtuado, que ha perdido todo su significado al no mantener las discusiones o temas originales y al colocar a cuerpos moldeados por la normatividad como protagonistas. Por otro lado, ignorar la importancia que tiene en nuestra sociedad la apariencia física y mantenerte neutral al respecto —algo más sano, aparentemente— es imposible en una realidad que considera el aspecto físico como parámetro de valor entre las personas. En una situación en la que la apariencia define a lo que tienes acceso y derecho, la neutralidad pasa de ser un punto medio a un privilegio.

Los cuerpos de la periferia

Como parte de las críticas que se han hecho recientemente al movimiento del body positive, Afroféminas, una comunidad en línea que nació en hace siete años para dar voz a mujeres afrodescendientes y negras en España, publicó hace un año el texto¿Por qué las mujeres negras se están quedando atrás en el movimiento Body Positive?”. La autora, Martina Marins, explica que los cuerpos blancos, sanos y delgados se han apropiado del “liderazgo” de este movimiento: “Me pregunto si todos los influencers Body Positive tienen un deseo genuino por la liberación de todos los cuerpos o si sólo están interesados ​​en sus libertades individuales, absorbiendo un ideal sostenido por los cuerpos oprimidos para su uso exclusivo en su propio beneficio. Si existe un deseo de liberación colectiva, que es la propuesta original del movimiento, ¿por qué pocos eligen hablar de racismo?”. Efectivamente, a juzgar por la imagen pública del movimiento asociado con el cuerpo positivo y neutral, las personas racializadas suelen quedar excluidas.

Además, y de la misma manera que con la raza, en la conversación que se ha popularizado sobre el amor al cuerpo el capacitismo se da por sentado. Además del prejuicio, la infantilización, la asexualización, y el porno inspiracional son algunos de los elementos de la representación tradicional de las personas con discapacidad en los medios y redes sociales. Esta dinámica mantiene un sesgo sobre qué personas son “dignas” de mirarse —sobre lo que es “saludable”, “bueno” o “completo”— que alcanza a los discursos por incluir a todos los cuerpos.

Los cuerpos que nacen con diversidad funcional —o aquellos que ven alterada su funcionalidad por algún accidente o por una enfermedad, como fue mi caso— también merecen ser visibilizados, pues forman parte del espectro de lo que es o cómo puede lucir un cuerpo. Negarnos a abrir espacios, crear visibilidad y tener conversaciones sobre lo que es vivir con un cuerpo que requiere cuidados —que sufre cambios abruptos, que tiene mucha  o poca sensibilidad, que padece enfermedades crónicas, que necesita aditamentos para movilizarse o que no puede moverse, que se comunica en una forma distinta al no poder hablar, escuchar o ver— es negar derechos.

Abrir los horizontes desde el cuerpo

Ante la apropiación del término y sus limitaciones, el retorno a las raíces del body positive puede abrir caminos. Sin embargo, el verdadero horizonte lo proveerán quienes no se sienten identificados con este movimiento. Mujeres con discapacidad con las que he coincidido no esperan ser representadas por estos movimientos, sino que hablan de la importancia de crear nuestros propios espacios y narrar desde nuestras experiencias. Para que los cuerpos que se mantienen en la periferia a falta de representación se coloquen al centro, estos tendrán que hacerlo con sus propias lógicas y lenguajes.

Contar nuestras historias es construir un espejo en el que mirar y apreciar el propio cuerpo. Proponérselo es emprender una búsqueda que te deposita frente a otros reflejos, en donde encuentras similitudes y disfrutas las diferencias. Y contar estas historias no se ciñe a los medios escritos o plataformas virtuales: hablar de nosotras y nosotros también sucede cada vez que se sale a la calle —aunque la accesibilidad pueda ser un obstáculo— o se explora la sexualidad fuera de la norma o se coincide con personas afines.

Encontrar espacios que respeten y representen las condiciones del cuerpo “otro” es preguntarse ¿dónde está mi cuerpo? y responder, de muchas formas: aquí está. La narrativa body positive obliga a pensar en la autopercepción y la autoestima. Si asumimos que el cuerpo es cambio, el amor tendrá que alcanzar para adaptarse y abrazar la diversidad.

 

Miranda Campos
Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Autónoma de Yucatán. Creadora de contenido interesada en temas en torno al cuerpo, dolor, cáncer y diversidad funcional. Ha escrito en medios como Malvestida, Somos Violetas, La Desvelada MX, Especulativas y Círculo Literario de Mujeres.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Voltear a ver

2 comentarios en “Los cuerpos que no caben en el movimiento “body positive”

  1. Quizá la invisibilización de las discapacidades se deba a la tendencia del sistema económico actual a favorecer los cuerpos «productivos» y que no requieran de cuidados médicos.
    Otra posible razón es la idea cada vez más extendida de que vidas con discapacidades son infelices e indignas de ser vividas, lo que combinado con una mayor capacidad para decidir quien nace y quien no, apunta a una mayor exclusión.

Comentarios cerrados