Charlotte Perkins Gilman (1860-1935) fue una mujer adelantada a su época. Como escritora, incursionó en la poesía, la narrativa y el ensayo. También fue una prominente figura en el movimiento feminista de finales del siglo XIX y principios del XX. Su visión acerca de la maternidad y su experiencia vital como madre permearon gran parte de su obra. En ella, rompe con la idealización de ser madre y se enfoca en aspectos reales de la experiencia de la maternidad, que en ese entonces eran poco abordados. Es el caso de la depresión y la psicosis posparto, padecimiento retratado en su cuento más famoso: “El tapiz amarillo”

Ilustración: Gonzalo Tassier
En éste, una mujer joven que acaba de dar a luz es diagnosticada con una “ínfima depresión nerviosa transitoria (tal vez una ligera propensión a la histeria)”. Para contenerla, se le prohíbe trabajar. El personaje entonces escribe a escondidas pero está restringida, por prescripción médica, a una habitación tapizada con “líneas, pobres y confusas” que “de repente se suicidan: se tuercen en ángulos exagerados y se desgarran a sí mismas en contradicciones inconcebibles”. Ese encerramiento no sólo físico sino también mental lleva al personaje (que no tiene nombre) al borde del colapso. En el cuento, el (supuesto) remedio resulta peor que la (supuesta) enfermedad.
Del otro lado de la moneda, Perkins Gilman también exploró el lado virtuoso de la maternidad. En Matriarcadia (1915), una utopía feminista, la maternidad es lo que organiza ese “misterioso y terrible País de la Mujer” donde cada una de las madres “tenía su año de gloria, el tiempo para amar y aprender, viviendo en estrecha relación con su hija, cuidándola con gran satisfacción, a menudo durante dos años o más”. “Nunca escuché llorar a un niño en Matriarcadia”, se dice. Perkins Gilman es un claro ejemplo de que lo personal es político. Su trabajo y sus ideas parten de una profunda preocupación por la situación de las mujeres que son madres y de cómo mejorar sus vidas. Gilman se centró en el proceso sociocultural de ser madre y lo cuestionó constantemente; sus motivaciones fueron sus propias experiencias de vida.
Descendiente de los Beecher, una reputada familia religiosa de Nueva Inglaterra, esta pensadora nació el 3 de julio de 1860, en Hartford, Connecticut. Debido a que su padre abandonó a su esposa e hijos, creció sin una educación formal a falta de dinero y constantes mudanzas. Vivió varias temporadas en la casa de sus tías paternas. Una de ellas era Harriet Beecher Stowe, autora de La cabaña del tío Tom, por lo que Perkins Gilman creció rodeada de personas que sostenían posturas abolicionistas y sufragistas. Autodidacta, visitaba con frecuencia las bibliotecas públicas a escondidas de su madre, quien les prohibió a sus hijos leer ficción. En su autobiografía The Living of Charlotte Perkins Gilman (1935)recuerda a su propia madre como una “adoradora de bebés, incluso en su propia infancia” para la que sus dos hijos lo fueron todo: “su deber, esperanza, ambición, amor y felicidad”. Sin embargo, Perkins Gilman cuenta un poco más adelante que conforme su hermano y ella crecieron fueron alejándose de su progenitora, quien acariciaba a su hija únicamente cuando se encontraba dormida. En ese mismo libro confiesa: “Muy temprano formulé el dicho: la primera obligación de una madre es ser una madre que valga la pena tener”. Tal vez esa fue la razón principal de su postulado en favor a la crianza colectiva y el hecho de que más tarde decidiera compartir la custodia de su única hija.
En la Rhode Island School of Design, Charlotte conoce a Martha Luther, con quien tendría una relación desde 1879 hasta 1881. Tres años después, se casó con Charles Walter Stetson. En 1885, después del nacimiento de su hija Katharine, sufrió depresión posparto y fue diagnosticada con el misógino diagnóstico de la “histeria”. Fue Silas Weir Mitchell, pionero de la “cura del reposo” —un pseudotratamiento para “mujeres nerviosas”— quien confinó a la intelectual física y mentalmente. El tratamiento consistía en un aislamiento de varias semanas en el cual la paciente solamente era visitada por el doctor y la enfermera en turno. No se le permitía hacer nada, incluido escribir. En sus memorias, Perkins Gilman rememora esta experiencia: “Me acostaron y me mantuvieron allí. Me alimentaron, me bañaron, me frotaron y respondí con el vigoroso cuerpo de veintiséis [años]. Por lo que él [el doctor] podía ver, no me pasaba nada, así que después de un mes de este agradable trato me envió a casa con esta receta: Viva una vida lo más doméstica posible. Tenga a su hijo con usted todo el tiempo… Acuéstese una hora después de cada comida. No se dedique más de dos horas al día a la vida intelectual. Y nunca toque el bolígrafo, el pincel o el lápiz mientras viva”.1
En ese aislamiento surge “El tapiz amarillo”, que también denuncia el trato médico a las mujeres sin voz ni voto en lo que les sucede:
John es médico, y es posible (claro que no se lo diría a nadie, pero esto lo escribo únicamente para mí, y con gran alivio), que ése sea el motivo por el cual no logro curarme.
¡Es que no cree que esté enferma!
¿Y qué puede hacer uno?
Si un médico prestigioso, que además es tu marido, le asegura a amigos y parientes que lo que le pasa a su mujer no es en realidad nada grave, sólo una ínfima depresión nerviosa transitoria (tal vez una ligera propensión a la histeria), ¿qué se puede hacer?
Mi hermano, que también es un médico prestigioso, sostiene lo mismo.
Un elemento importante del trasfondo de este relato, mismo que de hecho le envió al médico, era el matrimonio en ruinas de la autora. Se divorció en 1894 e hizo algo que todavía se considera impensable: le dio la custodia de Katherine a su exesposo. Su propia identidad como madre se debatió entre la opresión y la liberación, entre la obligación impuesta por las tareas de la maternidad (a la que consideraba como un principio supremo y transformador) y sus impulsos creativos, patologización.
Con esta decisión, sin embargo, Perkins Gilman también puso en práctica la crianza colectiva defendida en Matriarcadia, pues le parecía sumamente importante que el padre de Katherine y su nueva esposa (una “segunda madre”) se vieran involucrados en la formación de su hija. El concepto de maternidad de la autora se aleja, pues, de la romantización del constructo social que muchas veces puede conducir a la violencia simbólica.
Al mismo tiempo, abogó por la profesionalización de la maternidad y las tareas del hogar: “En contra de la opinión que sostiene que la hembra humana no es económicamente independiente, que la alimenta el macho de su especie, se alega en primer término que ella sí es independiente y que se mantiene a sí misma con su propio trabajo en la casa. Si este argumento pudiera sostenerse, encontraríamos un mundo lleno de mujeres que nunca han levantado un dedo excepto en el servicio a sus hijos y de hombres que realizan todo el trabajo restante, y sirven a las mujeres cuya maternidad les impide servirse a sí mismas”.
Este ensayo, subtitulado “Un estudio sobre la relación económica entre hombres y mujeres como factor de la evolución social”, y cuyo primer borrador fue escrito en 1898, abre con un poema (prólogo-poema) que denuncia una relación desigual entre mujeres y hombres. En los versos, un varón somete a la que había sido su compañera porque “antes de que el alma humana iluminara la noche prehistórica / el ser humano era igual”. Él le ofrece “protección y defensa” a cambio de un amor total: “La sujetó con firmeza, para que nunca le abandonara; / la convirtió en un ser débil, porque fuerte podría escapar”. Este libro fue considerado como “la declaración más significativa sobre las mujeres” desde La esclavitud de las mujeres de John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill.
Perkins Gilman conoció de primera mano la “agonía mental” y teorizó una emancipación a partir de abolir la dependencia económica de las mujeres hacia los varones. La vía que propuso fue un salario para mujeres que son madres y la consideración de las tareas domésticas como una profesión que debe ser retribuida. Al tener seguridad económica las mujeres obtendrían la añorada “paz mental”, según la escritora. Sin embargo, Perkins Gilman vivió en carne propia los desafíos de la maternidad en una situación acomodada que, bajo la esfera doméstica y su espíritu artístico, la condujeron a una profunda depresión. Fue hasta después de renunciar a las expectativas de ser una “buena esposa” y una “buena madre” que pudo dedicarse de lleno a sus actividades intelectuales.
En 1900 publicó Concerning Children, donde se aproxima a la idea de la “madre antinatural”: &ldquot;Ella ama y trabaja sin conocimiento y la experiencia que adquiere está enterrada con ella. La madre antinatural, creemos, es la mala madre”. Ser mala madre, en la sociedad es un sinónimo de locura. Juntar “mala” y “madre” en una misma oración es un tabú. La “mala madre” es la “madre antinatural”, imagen que surgió años antes en otro cuento de Perkins Gilman: Una madre antinatural (1895), en el que aparece una mujer que muere por ser forzada a tomar una difícil decisión y su comunidad la juzga como poco apta para ser madre. Excluida del lugar donde vive, la protagonista es una “mala madre” que pierde todo debido a su “locura”.
La necesidad de explorar más esta inquietud y de ahondar en sus ideas, encaminaron a Perkins Gilman a fundar The Forerunner, una revista mensual progresista realizada en su totalidad por ella misma, y en la que publicaba textos de diversos géneros literarios. Es ahí donde, en 1915, aparece Matriarcadia por entregas. En Matriarcadia, la fortaleza de sus habitantes radica en el ejercicio de la maternidad y la crianza colectiva:
Pero, pasado el año de atención infantil, la madre ya no se ocupaba tanto de la niña, a menos, claro, que trabajara con las pequeñas. No obstante, nunca se alejaba mucho y resultaba encantador ver su relación con las otras madres, cuyos orgullosos cuidados infantiles eran directos y continuos. […] En cuanto a las niñas, nunca imaginé que pudiera presenciar una felicidad infantil mayor a la de un grupo de aquellas criaturas […]. Todo el país era de ellas y las aguardaba para cuando llegaran a aprender, a amar, a usarlo y a servirlo.
La secuela With Her in Ourland, de índole más aleccionadora, se publicó en 1916 y no tuvo tanto éxito. Estas dos novelas, junto con Moving the Mountain (1911) están consideradas por la crítica como una trilogía utópica feminista.
En una exploración similar, His Religion and Hers (1922), expone que la contraparte de una religión creada por los hombres y orientada hacia la muerte sería una basada en una visión que reafirma la vida. La religión de mujeres dadoras de vida, maestras, proveedoras y protectoras porque “la hembra, cuya crisis de vida más impactante es dar a luz, tiene una perspectiva esencialmente diferente, mucho más acorde con el progreso social”. Con ello, Perkins Gilman puso en tela de juicio la concepción de la maternidad en el patriarcado donde las “malas madres” o las “madres antinaturales” no tenían cabida. La solución prevista sería la de una maternidad colectiva que priorizara la crianza en comunidad. Aunque "dejar en el mundo una criatura mejor que sus progenitores” es, según ella, “el propósito de una maternidad correcta”, no dejó de poner en duda las dinámicas familiares que limitan la identidad de las mujeres. Y tuvo la idea revolucionaria de que las madres —todas— sean agentes de cambio.
En 1935, Perkins Gilman se suicidó porque tenía una enfermedad diagnosticada como incurable. En su nota de suicidio apuntó que prefería el cloroformo al cáncer. Con ello concretó la voluntad por la que había pugnado en vida. Considerada como “la mente más original y desafiante que produjo el movimiento [de mujeres]” en ese entonces, pudo decidir sobre su propia vida, como antes había decidido sobre su propia maternidad. Dejó para la posteridad las pistas para crear un mundo ideal en donde ése pudiera ser el caso de cada vez más mujeres.
Karen Villeda
Sus libros más recientes son Anna y Hans (Fondo de Cultura Económica, 2021) y Agua de Lourdes (Turner, 2019). El año pasado obtuvo el Premio Nacional de Literatura “Ignacio Manuel Altamirano” en la categoría de poesía y en 2019 ganó el Premio Nacional de Literatura “Gilberto Owen”. En 2015 participó en el Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa. En su sitio web POETronicA dialoga con poesía y multimedia.
Bibliografía
Charlotte Perkins Gilman. Concerning Children, introducción de Michael S. Kimmel. Altamira Press, 2003.
Charlotte Perkins Gilman. “El tapiz amarillo”. nexos, diciembre de 2013.
Charlotte Perkins Gilman. Herland (illustrated). Independently published, 2020.
Charlotte Perkins Gilman. His Religion and Hers. A Study of the Faith. AltaMira Press. 2003.
Charlotte Perkins Gilman. Matriarcadia, traducción de Celia Merino Redondo. Akal, 2018.
Charlotte Perkins Gilman. Mujeres y economía. Un estudio sobre la relación económica entre hombres y mujeres como factor de la evolución social. Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2008.
Charlotte Perkins Gilman. The Living of Charlotte Perkins Gilman: An Autobiography. Read Books Ltd, 2014.
Charlotte Perkins Gilman. “The Yellow Wallpaper”. Project Gutenberg.
Charlotte Perkins Gilman. Si yo fuera un hombre. Uve Books, 2020.
Charlotte Perkins Gilman. With Her in Ourland, edición de Mary Jo Deegan y Michael R. Hill. Praeger/Greenwood Press, 1997.
Jennifer S. Tuttle y Carol Farley Kessler (editoras). Charlotte Perkins Gilman. New Texts, New Contexts. Ohio State University Press, 2011
Varias autoras. La nueva mujer: Relatos de escritoras estadounidenses del siglo XIX. Editorial Dos Bigotes, 2017.
1 La traducción es mía. Ocurre lo mismo para los fragmentos anteriormente citados de The Living of Charlotte Perkins Gilman.