Maternar con un diagnóstico psiquiátrico

Como continuación a la reflexión sobre las malas madres y las maternidades antinaturales en el mes de mayo, este texto habla de los retos y expectativas que confrontan a las mujeres con diagnósticos psiquiátricos y la posibilidad de ser madres.

Recibir un diagnóstico psiquiátrico puede tener diferentes significados. Para algunas personas constituirá una respuesta: una forma de nombrar lo que les pasa, identificarse y acordar un rumbo para mejorar su estado de salud. Para otras —me atrevo a decir que la gran mayoría—, puede ser el inicio de un camino tortuoso que se funda en la innegable y predominante estigmatización de las “enfermedades mentales”.

Ilustración: Víctor Solís

De acuerdo con la OMS, el 3 % de la población mundial padece algún trastorno mental grave, cuyas primeras manifestaciones comienzan en la juventud: justo en un momento en que las personas precisan tomar decisiones esenciales para sus trayectorias vitales. Una de ellas es el ejercicio de la maternidad.

Cuando se habla de maternidad y diagnósticos psiquiátricos no sólo están implicados los cuerpos, las funciones orgánicas y la herencia biológica. La dimensión que adquiere un diagnóstico en la vida de una persona es mucho más amplia. Con él se instalan una serie de prejuicios que ponen en entredicho los derechos reproductivos y se erigen limitantes al ejercicio de la maternidad. Así pues, cuando hablo de maternidad loca no me refiero a la visión romantizada y ampliamente difundida sobre esa locura que, hoy en día —y más en tiempos de crisis sanitaria— se considera necesaria para aventurarse a ser madre y estar siempre dispuesta a hacer cualquier cosa por las hijas e hijos. Por el contrario, me refiero a la maternidad en la que el diagnóstico psiquiátrico, los estigmas y las barreras sociales y culturales anteceden e intentan persuadir o, por lo menos cuestionar profundamente, la decisión de ser una madre loca.

Muchas hijas e hijos de madres diagnosticadas con trastornos psiquiátricos hemos crecido en medio de prejuicios que incrementan el miedo a ese fantasma que es la herencia biológica de un problema de salud mental —además de lo que implica la ausencia de una figura materna arquetípica. Para las mujeres “sanas”, “normales”, la imagen de una madre que proporciona los cuidados necesarios para preservar la vida acompaña el desarrollo de las criaturas; todo lo da y todo lo puede con tal de proteger a su progenie —ser idealizada es en sí mismo un pesadísimo lastre. Esta imagen fomenta el apego a un modelo que deja de lado los contextos socioeconómicos y las diversas variables de la vida que matizan la maternidad y la diversifican. Entre ellas, las madres trabajadoras obligadas a separarse físicamente de sus hijas e hijos a fin de proveerles lo indispensable para la subsistencia. Pero el ejercicio de la maternidad se complica aún más cuando se entrecruzan el género y la locura.

Lo anterior ocurre sobre todo en contextos donde predomina el paradigma biomédico. Si éste se acepta, y se actúa en consecuencia, sobreviene la responsabilidad de ponderar los efectos de la medicación en un embarazo. Implica priorizar una planificación rigurosa pues, de lo contrario, pueden enfrentarse importantes riesgos en la salud de la madre y del feto.

Pero, aun cumpliendo con esta planificación, las buenas conciencias y la moral superior cuestionarán incesantemente, antes y después, la decisión de traer una hija o hijo al mundo sin tener la “estabilidad mental” necesaria para enfrentar el reto de la maternidad o, peor aún, conociendo la posibilidad de heredar la locura. Entonces, una tiene que pensárselo, no diez, sino 75 veces.

El reto no termina allí. Digamos que se opta por no ejercer la maternidad; entonces, en cierta etapa de la vida donde se espera que se manifieste la supuesta “esencia de la feminidad”, comienzan las preguntas, la presión y los malos augurios para el futuro si nos empeñamos en ser egoístas y no cumplir con el imperativo social y biológico. Y, aunque decidieras callar bocas explicando que estás loca, que no, gracias, sigue la lástima y, con ella, las sentencias sobre un destino solitario. Del cruce entre la maternidad y la locura jamás se sale sin recibir catorrazos.

A diferencia, por ejemplo, de España, en donde en 1989 se estableció una ley que autoriza la esterilización forzada de personas diagnosticadas con enfermedades mentales graves, en México no parece haber tales aberraciones jurídicas.1 Sin embargo, eso no quiere decir que no se lleven a cabo estos procedimientos violatorios a los derechos reproductivos. Por otro lado, los graves prejuicios en torno a la maternidad y la locura se filtran constantemente por medio de diversos canales, silenciosa y lentamente en los el sentir y el pensar de quienes nos hemos planteado en algún momento la posibilidad de ser madres siendo locas. El autoestima es, sin lugar a duda, el más poderoso mecanismo de esterilización.

El panorama para las mujeres locas que desean ejercer su derecho a la maternidad sería otro si en nuestros contextos socioculturales se generara y fortaleciera una visión distinta sobre la locura. Una mirada despatologizada, que dejara de percibir a la locura como un monstruo devorador de cuerpos; una condena al fracaso, a la incapacidad, a la dependencia y a la infelicidad. Esta visión tiene efectos entre las infancias que se desenvuelven al amparo de la maternidad loca. Precisamente porque la infancia es una etapa fundamental para el desarrollo, quienes la transitamos en tales condiciones solemos volvernos un blanco susceptible a los efectos del rechazo y los estigmas sociales. En general, ser hija o hijo de una madre loca es un factor que condiciona a crecer en un ambiente alimentado por la confusión, el miedo y la vergüenza que, a su vez, nutre las sensaciones de desprotección y vulnerabilidad. En conjunto, estas condiciones entorpecen la ya difícil edificación de bases sólidas para el bienestar presente y futuro. 

Existen muchos ejemplos de mujeres locas para quienes la experiencia de la maternidad ha constituido un motivo clave para procurar su bienestar —pero no nos dejemos engañar. No se trata de mujeres que lo consiguen únicamente por la gracia de su capacidad individual, de la medicación, de su férrea voluntad, de su “instinto materno” o de su amor infinito y nunca fallido. Se trata de mujeres que ejercen la maternidad enfrentando situaciones como cualquier madre; envueltas, además, en preocupaciones, tropiezos, crisis y batallas para mantener su salud y librarse de los estigmas. En el mejor de los casos, se trata de mujeres afortunadas que cuentan con la solidaridad y el apoyo práctico de sus redes familiares y sociales. Porque, como bien dice la activista española Anita Botwin, “con redes, se puede”.

Para garantizar los derechos humanos de la infancia y la maternidad loca se requiere, además de un cambio de paradigma sobre la locura, cimentar espacios y mecanismos para contribuir de forma concreta a preservar estos derechos. En otras palabras: es necesario crear condiciones que garanticen la posibilidad de contar con recursos humanos y materiales para el desarrollo de las infancias y la maternidad loca. Eso implica la transformación de los entornos cercanos, así como el trastocamiento de las estructuras.

En mi caso, la historia sería otra si, en vez de enfurecerme y desgreñarme con las niñas que se burlaban de mí en la escuela porque era “la hija de la loca”, alguien me hubiera explicado que eso no era motivo de afrenta ni vergüenza. Pero sobre todo si mi madre hubiera recibido apoyos específicos para superar las barreras de su entorno. Si hubieran existido las condiciones para poder reconocerlo en la infancia, en vez de sólo sentirme frágil y perdida, habría visto que la locura me ayudaba a poner atención en cosas que  pasan desapercibidas para muchas personas. Tardé mucho en reconocer que gracias a ello tenía las cualidades para interesarme e involucrarme en la construcción de un mundo distinto: uno en el que la locura se considera digna y no trágica.      

 

Laura Rojas Hernández
Loca, curiosa, aprendiz eterna, plañidera sin paga y trapecista en otra dimensión. Investiga y enseña historia.


1 Me refiero a la Ley Orgánica 3/1989, de actualización del Código Penal Español.

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Publicado en: Salud mental, Voltear a ver