El último libro de Guadalupe Nettel relata experiencias de maternidad inesperadas y difíciles, entre ellas, la de la discapacidad. Una mirada en clave feminista a las incertidumbres de la maternidad.
La hija única, la última novela de Guadalupe Nettel (Anagrama, 2020), se suma a un par de libros recientes que buscan desmitificar la idea hegemónica de la maternidad.1 Los vincula relatar una vivencia que se experimenta en silencio y que, sin embargo, es un tema inagotable para el feminismo y su búsqueda por politizar lo privado. En nuestro país, el influjo de la maternidad en la escritura es cada vez más fuerte entre las narradoras contemporáneas. Pero a diferencia de Casas vacías de Brenda Navarro (Sexto Piso, 2020) y Linea nigra de Jazmina Barrera (Almadía/Pepitas de calabaza, 2020), Guadalupe Nettel habla de las mujeres que han decidido no ser madres, de las que maternan en soledad y de las que se enfrentan a dar a luz a un hijo con discapacidad.

Ilustración: Estelí Meza
Con un estilo fluido y franco, la autora se acerca a los límites de lo panfletario. El feminismo está por todo el libro: en los personajes y en el mensaje de que es posible construir un mundo en donde la crianza y el cuidado sean compartidos. Así, aparece el colectivo La Colmena y hasta una marcha de mujeres. Cuando su madre le asegura que tener hijos “te vuelve mejor persona”, Laura, la voz narradora, sentencia: “Yo había escuchado esas palabras decenas de veces en los labios de mamá y de otras mujeres sometidas a los prejuicios del patriarcado”.
La hija única presenta la complejidad de los dilemas a los que se enfrenta Laura quien, en un principio, es “el prototipo” –si es que lo hay– de una mujer que ha decidido no tener hijos al punto de ligarse las trompas. No puede ocultar su antipatía hacia las mujeres que han decidido ser madres: “esos seres sin vida propia que, con grandes ojeras y aspecto de zombi, arrastran cochecitos por las calles de la ciudad”. Sin embargo, en la novela replantea su relación con la maternidad a partir de dos experiencias que están lejos de parecerse a la maternidad idealizada: la de su mejor amiga, que se entera de que su hijo nacerá con una discapacidad, y la de su vecina, viuda, madre de un hijo, y que ha sido víctima de la violencia intrafamiliar.
La historia principal es la de Alina. Una mujer que, como su amiga Laura, había decidido no tener hijos pero que cambia de opinión y busca embarazarse. Es una línea argumental dolorosa, pues Alina finalmente logra embarazarse, pero su bebé tiene un cerebro que no terminó de desarrollarse en el útero. La culpa, la tristeza y el rechazo son elementos que complejizan la experiencia de su embarazo. A diferencia de Casas vacías de Brenda Navarro, sin embargo, los sentimientos “negativos” apenas se asoman, lo que deja la novela de Nettel cerca de lo políticamente correcto y sin mayor indagación en todos estos aspectos, muchas veces contradictorios, que despierta realmente la discapacidad. La autora cuenta que Alina acude a su psicoanalista e incluso a una tanatóloga tras saber que su hija tendrá problemas de desarrollo. Esto, sin duda, hace plausible que su manejo del duelo que trae consigo la discapacidad sea efectivo. No obstante, la madurez del personaje a momentos es casi inverosímil.
Quizás las emociones encontradas expliquen que la discapacidad sea un tema poco explorado en la literatura. Como en el caso de Navarro, Guadalupe Nettel ha tejido una historia que se acerca al tema con honestidad y respeto. Pero mientras Casas vacías es sobre todo una obra dolorosa porque profundiza en el duelo interminable de una mujer que ha adoptado a un niño con autismo, y en los problemas sociales, emocionales y económicos a los que se enfrenta, La hija única tiene un tono consolador. Esto, por el apoyo que las madres reciben de la gente que les rodea y por el hallazgo de especialistas que sirven con pasión y empatía a su profesión; de nueva cuenta, situaciones que son por desgracia casi imposibles. En ese sentido no se puede soslayar el hecho de que todos los personajes femeninos de Nettel pertenecen a las clases acomodadas. Escapa de sus páginas la experiencia de otras mujeres que luchan sin nombrarse feministas, o de aquellas que pertenecen a realidades que les impiden cuestionar la maternidad, y menos aún el elegir ser madres de hijos que enfrentarán dificultades. No es algo a lo que esté obligada la novela, pero sí el lector que la lea en clave feminista: participa solamente de una historia de las muchas que pueden contarse.
Al margen de las particularidades, Nettel aborda un tema que es común en toda mujer que se enfrenta a la experiencia obstétrica: la soberbia –y tantas veces violencia– de muchos doctores que, con autoritarismo, creen saber lo que es mejor para las madres y sus hijos; o aquellos que encasillan a sus pacientes en la estrechez de un diagnóstico. La novela describe con precisión la soledad inicial en la que se encuentran los padres de un hijo con discapacidad, hasta que conocen a otros que no se resignan a las limitantes del discurso médico. Prueba que es ahí en donde radican las respuestas más alentadoras: en la información de la experiencia. “Conocía a todos los neurólogos infantiles de la ciudad, a los fisioterapeutas, y también a una red de mujeres con hijos como la suya que se aconsejaban mutuamente… madres valientes que habían pasado por algo parecido, y que de alguna manera le allanaban el camino”.
La importancia de hacer comunidad, de hacerse con amistades dispuestas a colaborar en la crianza, de buscar información de primera mano, son los mensajes de la novela de Nettel. Las redes a las que obliga la maternidad hacen que este sea un libro esperanzador, incluso para aquellas maternidades que ocurren en suelo inestable.
Cecilia Santillán.
Docente y crítica literaria
1 Recordemos que, si bien cierto feminismo considera el ser madre como un mandato social, la experiencia por ejemplo, de las esclavas negras en el sur de los Estados Unidos no les permitía ejercer su maternidad, puesto que sus hijos eran considerados algo similar a crías de ganado de las cuales el amo podía disponer. Otras experiencias, como la de las sociedades indígenas, también han divergido de la experiencia occidental. Por ejemplo, cuando el gobierno de Fujimori en Perú dio la orden de esterilizar a cerca de 200 mil mujeres indígenas, negándoles con ello sus derechos. Asimismo, es conocido el caso de la esterilización masiva de personas con discapacidad en Estados Unidos a principios del siglo XX, con todo lo cual el tema parece más diverso.