En tiempos de pandemia necesitamos a la diferencia. Este texto cuestiona, desde el psicoanálisis y siguiendo las propuestas de Byung-Chul Han, algunas de las conclusiones de la psicología comparada sobre nuestra imposibilidad, como especie, a lidiar con lo “otro”.
¿A quién odia aquí el hombre?
No hay duda: odia la decadencia de su tipo
—F. Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos
La semana pasada un artículo publicado aquí, reflexionaba sobre la herencia biológica que tenemos como especie que nos dificulta aceptar la diferencia. La autora se pregunta sobre nuestro rechazo a lo diferente desde las investigaciones de psicología comparada que se han realizado y que nos colocan, visto desde la evolución, con un “impedimento para entender lo diverso, una condición que en última instancia afecta nuestra forma de interactuar y de participar plenamente en la sociedad”. Desde este enfoque, la incapacidad biológica para lidiar con lo diferente se piensa como un rasgo general, un sesgo heredado, que nos corresponde a todos y todas. Sin embargo, es justamente este estatuto de “universal” lo que en ocasiones nos dificulta ver el proceso por el que atraviesa cada quien y desde su propia subjetividad al momento de pararse frente a la diferencia. Poder lidiar con la diferencia no es cualquier cosa y requiere de un movimiento psíquico que nos cuestione como seres humanos para así poder conectar con los otros desde lo similar, pero, también desde lo distinto.
Hace muy poco tiempo, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han inauguraba su libro La expulsión de lo distinto advirtiendonos que “los tiempos en que existía el otro (la otredad) se han ido”.1 Se refería a ese otro que nos permite desear, buscar, comparar. Vivimos bajo imperativos neoliberales –de producción y rendimiento– que, en aras de lo igual, diluyen la posibilidad de la otredad. Lo igual, como explica Han, no duele, no genera cambios: se queda en la mismidad sin una diferencia que irrumpa y cuestione. Necesitamos de la diferencia para romper con lo idéntico y en última instancia con lo totalizante. “El enemigo es, aunque de forma imaginaria, un proveedor de identidad”.2 Es decir, aunque de manera evolutiva no podamos tolerar la diferencia, requerimos de ella y de la distancia que nos hace tomar para preguntarnos por algo sobre nosotros y generar una posibilidad subjetiva que no se pierda en lo igual.

Ilustración: Estelí Meza
Si bien, es cierto que en un primer momento todo aquello que se nos presenta como diferente nos genera miedo y, como dice Márquez en su artículo, la mayor parte del tiempo esto nos lleva a defendernos, incluso atacando al otro, pareciera que estos procesos psicológicos son necesarios para crear posibilidades de posicionamiento subjetivo. Aunque las investigaciones nos ayudan a entender la exclusión como una respuesta “natural” de nuestra especie, no podemos descartar que hoy también conocemos y consideramos las consecuencias de la discriminación. Las diferencias se celebran a tal grado que se han vuelto un producto capitalizable y de moda. Aquellas luchas subversivas que buscaban un reconocimiento hoy son rápidamente anuladas con la comercialización de las causas: colecciones de ropa repletas de arcoíris o pañuelos verdes para marchar por el orgullo gay o las causas feministas.
La globalización no permite espacios para las diferencias reales, el mandato es claro: se requiere de lo igual. El mercado busca responder desde la inmediatez, logrando colarse en los movimientos y luchas de disidencia logrando que quienes asisten a pelear por el reconocimiento de las diferencias aparezcan como una masa de semejantes que sacrifican su individualidad. Esto somete a los movimientos e intentos de cambio a la maquinaria de lo igual. Como dice Han: “La violencia de lo global como violencia de lo igual destruye esa negatividad de lo distinto, de lo singular, de lo incomparable que dificulta la circulación de información, comunicación y capital”.3
Sin duda, hoy por hoy, y en todo el mundo, el miedo y la incertidumbre nos están haciendo “iguales”. La pandemia que estamos viviendo ha trascendido las fronteras imaginarias que algunos insisten en trazar y nos ha colocado frente a algo desconocido que nos recuerda lo vulnerable que es la humanidad. Me ha sorprendido ver la forma en que mis amigos han comenzado a actuar en las redes sociales y chats grupales frente a este desconcierto, y desde el miedo. Escucho la desolación de algunos pacientes en las sesiones que se han logrado sostener mediante aplicaciones o programas en línea. Observo la perturbación de mis alumnos ahora que nos reunimos para la clase a través de una pantalla. Me preocupa pensar que en estos momentos se ponga en juego algo de la diferencia: que ganen el miedo imaginario y real, y permitamos que se imponga el poder violento de lo global según lo describe Han.
El mundo como lo conocíamos está cambiando a la velocidad de un contagio, nos fuerza a repensar la forma en que nos cuidamos, vinculamos y relacionamos, desde la sana distancia que nos impide el contacto físico, hasta las formas de producción que han tenido que migrar casi en su totalidad a un modo remoto. Estas nuevas formas, que hasta hace poco resultaban una ilusión de eliminar la distancia con los demás, hoy ya no nos dan esa sensación de proximidad; el wi-fi y la pantalla de por medio hoy cobran otro peso. Esa llamada al otro lado del mundo que nos “conectaba” con un amigo hace muy poco hoy que se ha tornado en evidencia cotidiana de la falta, no sólo de contacto, sino de inmediación. Hoy, quiénes han tenido que resguardarse y no salir de casa –desde el privilegio o no–, están comprobando que la supuesta cercanía que genera la tecnología no hace más que enfatizar esa distancia física. “La eliminación de la lejanía no genera más cercanía, sino que la destruye”.4
La verdadera revolución, en tiempos de pandemia, está en poder reconocer al otro, a la otredad, en dar un espacio, no para separarnos sino para que esa diferencia nos cautive y atrape, nos permita generar lazos e identidades para responder a las nuevas formas que tendremos para relacionarnos. Que aún con la distancia física podamos encontrar, quizás a través de la escucha, eso que nos hace diferentes al otro. Más allá de las diferencias físicas y de las apariencias, tenemos que identificar y valorar las diferencias de pensamiento, idiosincrasia y subjetividad, aunque todos seamos iguales frente a un virus que nos amenaza. Son tiempos que requieren cercanía, a pesar de la distancia; ahí está el reto. En estos días, navegando en las redes sociales, me topé con la frase “que la distancia nos mantenga unidos”. Me parece que después de esta lectura podemos proponer que no sólo sea una distancia física sino también la distancia necesaria que generan las diferencias para sabernos seres humanos.
Jonathan Silva
Psicoanalista y académico.
1 Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto, Madrid, Herder, 2018, pp. 9
2 Ibid., p.27.
3 Ibíd., p. 23.
4 Ibíd., p. 16.
Felicidades Jonathan, te admiro desde siempre, eres el mejor y gracias por compartir tu opinión y conocimentos
Felicidades Jonathan, me encantaron tus palabras. Yo me conecto con lo que dices sobre la dificultad que tenemos para enfrentarlos a lo diferente. Creo que no aprendemos a vivir las emociones frente a lo desconocido o lo incierto, y que la «moralidad» nos cierra a otros mundos y posibilidades. Me parece que nuestro gran reto hoy es precisamente lograr esa apertura a lo nuevo, a los otros que piensan diferente, a las situaciones que no conocemos, en fin, a la incertidumbre como modo de vida. Un abrazo (soy social de Ximena tu hermana).