En este espacio hemos empezado una reflexión sobre la soledad, definida recientemente como una de las “enfermedades” de nuestros tiempos (“Curar la soledad”). Este ensayo explora la relación entre este estado y la escritura: ¿la soledad lleva a escribir o es que la escritura ha de ser siempre solitaria?

Alone one is never lonely
Fragmento del poema “Canticle 6” de May Sarton

Para escribir la que es considerada la primera novela inglesa, Daniel Defoe se inspiró en la historia de Alexander Selkirk, un escocés que vivió durante cuatro años y cuatro meses en una isla desierta cercana a Chile. Selkirk no fue precisamente un naufrago. Tenía fama de ser problemático y con frecuencia huía de la ley. En 1703 se une como corsario a la expedición comandada por William Dampier. Como contramaestre del Cinque Ports, Serlkirk practicaba con experticia el bandolerismo marítimo —hay que recordar que países como Inglaterra extendían patentes de corso a diestra y siniestra— y el barco se resintió al cabo de un año más o menos, por lo que ya no daba para más ataques. Al navegar al archipiélago Juan Fernández, Serlikirk insistió que lo más prudente era encallar en una isla y esperar a ser rescatados. El capitán del Cinque Ports, Thomas Stradling, no estuvo de acuerdo con él y, entonces, Selkirk se amotinó. Ante sus amenazas, Stradling decidió abandonarlo en un sitio desolado,1 como el marinero Benn Gunn de La isla del tesoro. En mayo de 1704, Selrkik —arrepentido pero impedido a abordar— fue dejado a su suerte con un mosquete, un hacha, un cuchillo, una olla, una Biblia, un lecho y un poco de ropa en Más a Tierra —actualmente conocida como la isla Robinson Crusoe—.

Ilustración: Kathia Recio

Regreso a los libros, fieles cómplices. Mis amigas escritoras, que también se someten voluntariamente a la concentración exigente que surge en plena soledad porque, como lo dijo Susan Sontag: “uno nunca puedo estar lo suficientemente solo para escribir. Para ver mejor”, me recomiendan algunos textos literarios al respecto. La soledad que deja la partida de un ser querido, la soledad como condición humana o incluso como alienación aparece en La invención de la soledad que Paul Auster comenzó a partir de la muerte de su padre (“Soledad como forma de retirada, para no tener que enfrentarse a sí mismo, para que nadie más lo descubriera”); la existencialista Nada de Carmen Laforet, escrita a sus 23 años, que refleja la España de la posguerra (“La vida volvía a ser solitaria para mí. Como era algo que parecía no tener remedio, lo tomé con resignación”), o La pasión según G. H. de Clarice Lispector, una mujer constreñida a su propio hogar que, a lo kafkiano, se reafirma a través de una cucaracha:

He perdido esa tercera pierna. Y he vuelto a ser una persona que nunca fui. He vuelto a tener lo que nunca tuve: solo dos piernas. Sé que únicamente con dos piernas es como puedo caminar. Pero la ausencia inútil de la tercera me hace falta y me asusta; era ella la que hacía de mí algo hallable por mí misma, y sin necesitar siquiera inquietarme por ello.

Poemas de Rosario Castellanos, que trasmutan el yo lírico en su soledad, como “Lamentación de Dido” (“Ah, sería preferible morir. Pero yo sé que para mí no hay muerte. Porque el dolor —¿y qué otra cosa soy más que dolor?— me ha hecho eterna.”) y “Malinche” (“Yo avanzo hacia el destino entre cadenas / y dejo atrás lo que todavía escucho: los fúnebres rumores con los que se me entierra”). La ruptura, el desengaño y el abandono amoroso suelen sumirnos en una soledad. La escritora de Balún Canán lo expresa así en “Los adioses”:

Para aprender a irnos, caminamos.
Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,
los verdeantes prados.
Miramos su hermosura
pero no nos quedamos.
Levamos nuestros pies
donde la soledad tiene su casa
y allí nos detuvimos para siempre.
En silencio aguardamos
hasta aprender la muerte.

Pero, ¿qué sucede cuando es elegida? Arthur Schopenhauer nos insta a abrazarla porque “lo que un hombre es en sí mismo, lo que le acompaña en la soledad y lo que nadie puede darle ni quitarle, es indudablemente más esencial para él que todo lo que puede poseer o ser a los ojos de los demás”. En la soledad, según el filósofo alemán, encontramos todo lo que necesitamos para divertirnos en nuestros pensamientos e imaginación porque “el ser limitado, por más que varíe de fiestas, de espectáculos, de paseos y de diversiones, no llegará a sofocar el tedio que le atormenta”. En una carta a Robert Lowell, Elizabeth Bishop le pide a su amigo lo siguiente: “cuando escribas mi epitafio, debes decir que yo soy la persona más solitaria que jamás haya existido”. ¿Idealismo poético? Christopher Johnson McCandless, quien ahora es un ícono por emular Walden, la vida en los bosques, murió en Alaska a poca distancia de lo que pudo haberlo salvado. ¿La razón? No tenía un mapa porque estaba obstinado en “vivir fuera de la civilización”. ¿Necedad, imprudencia? Algunos piensan que esta visión romántica lo llevó a una muerte innecesaria. Lo último que escribió fue: “S.O.S., necesito su ayuda. Estoy herido, cerca de morir, y demasiado débil para hacer una caminata. Estoy completamente solo, no es ningún chiste. En el nombre de Dios, por favor permanezcan aquí para salvarme. Estoy recolectando bayas cerca de aquí y volveré esta tarde. Gracias, Chris McCandless. ¿Agosto?”

¿La soledad puede acabar con nosotros? Hay estudios que demuestran que puede llevarnos a una muerte temprana. También hay investigaciones insistentes en el peligro de la soledad como un factor relacionado con el estrés y las adicciones. Se sugiere que causa depresión, ansiedad. Las personas se suicidan por sentirse solas. La soledad, para muchas personas, es el peor sufrimiento. O la peor condena (en The Shining atestiguamos la transformación –o revelación– del verdadero carácter de Jack Torrance cuando es víctima, no solamente de fantasmas, sino de lo que se conoce como “fiebre de encierro”). Algunas vidas pueden arruinarse por el miedo a la soledad. En Inglaterra se considera a la soledad como un problema de salud pública pues existe un Ministerio para la Soledad. Esta, “una triste realidad de la vida moderna” se reveló en una encuesta, donde una quinta parte de la población británica, nueve millones, se siente sola: es el número de habitantes de Nueva York, que inspiró Lonely City. Adventures in the Art of Being Alone de Olivia Laing.

En An Intimate History of Humanity, Theodore Zeldin afirma que ese miedo es “como unos grilletes y cadenas restringiendo la ambición” y también puede ser “un obstáculo para una vida plena como la persecución, la discriminación o la pobreza”.2 Hay una parte de nuestra vida interior que siempre será inaccesible para los demás. Nuestra razón no alcanza para terminar de conocernos a nosotros mismos. La soledad forma parte de nuestra propia naturaleza. Ella puede llevarnos a un nuevo camino, darnos un nuevo comienzo. Hay que separarse del mundo un rato.

En su discurso de recepción del Nobel en 1954 (que leyó el embajador de Estados Unidos en Suecia ya que el escritor no pudo viajar a Estocolmo), Ernest Hemingway dijo: “Escribir, en el mejor de los casos, es una vida solitaria. Las organizaciones de escritores alivian la soledad del autor, pero dudo que mejoren su escritura. El escritor crece en estatura pública a medida que se deshace de su soledad y a menudo su trabajo se deteriora. Porque hace ese trabajo solo y, si es un buen escritor, debe enfrentar la eternidad, o la falta de ella, cada día”. Esta es una opinión compartida. En una clase de escritura creativa, Jonh Banville  aconsejo a los alumnos que dejaran de escribir. El ganador del Premio Booke en 2005 fue tajante: “les espera una vida de soledad y pobreza”. Rachel Carson escribió en una cara que “la ocupación del escritor es una de las más solitarias del mundo, incluso si la soledad es solo una soledad y aislamiento interiores”. Eso es lo que se necesita, según la autora de The Sea Around Us, para ser verdaderamente creativo. Alguien que aspira a escribir no debe temerle a la soledad. A su vez, en el blog de Salud de Harvard se afirma que escribir puede ser un antídoto para la soledad. El autor asegura que “tomar una pluma puede ser una intervención poderosa contra la soledad”.

Es cierto que la mayoría de los que escribimos buscamos “¡oh soledad! tu reino helado”. Este verso de “Soledad” de Federico García Lorca, quien considera este estado como “(… ) inaccesible / para la verde lepra del sonido, / no hay altura posible / ni labio conocido / por donde llegue a ti nuestro gemido”. El aislamiento es habitual cuando leo y escribo.

Estoy sentada ante la computadora y pienso en esa “soledad pensativa” sobre la que escribió el mayor poeta de la literatura española del siglo XX. Suelo pasar muchas horas sola dentro de mi cuarto propio (no cabe duda de que el libro de Virginia Woolf, escrito en 1929, marcó un hito para mí y todas las mujeres que escribimos). A veces creo que no me encuentro realmente sola. Leo, mi gato, hace acto de presencia: se apropia de mi regazo y, cuando una de sus patas se apoya en el teclado, yo salgo rápidamente de mi introspección para evitar que el felino sea el verdadero autor de los textos. También me acompañan las notas, unas libretas, mis libros. Aquí, a mi lado, está una edición infantil de Robinson Crusoe. Esta novela marcó mi infancia. Reviso las pocas páginas que contienen una serie de ilustraciones colonialistas. Me detengo en la que muestra cómo Viernes es rescatado de los caníbales por el protagonista y aparece un niño negro desnudo ante un gigante rubio, con una barba eterna y un sombrero de piel ¿de cabra?

 

Karen Villeda
Escritora Su libro más reciente es Visegrado (Almadía/INBA, 2018) con el que obtuvo el Premio Bellas Artes de Ensayo José Revueltas 2017. Su página web es poetronica.net


1 Ésta es la traducción más aproximada de marooning, un término en inglés que se deriva de una combinación de marron (esclavo fugitivo) y cimarrón en español.

2 Hay una edición en español, en Alianza Editorial. Yo traduje este fragmento del libro en inglés.