Psicoterapia violeta. Feminismo para la salud mental

La psicología puede ser aliada de las causas sociales. Desde hace algunas décadas, la psicología feminista ofrece herramientas epistemológicas y terapéuticas para contribuir a la liberación de las mujeres. Este texto sigue la misma línea que “Lecciones de la historia: el movimiento de la psicología antirracista en Estados Unidos”.

“Parte de la reivindicación del feminismo es tener recursos terapéuticos feministas para las mujeres, para actuar sobre la  conformación de las subjetividades  de las personas. Pero así como puede ser muy positivo si hay recursos de calidad feminista, es muy peligroso cuando tales procesos no se  hacen feministamente porque se reinstala a las personas en esquemas patriarcales y los estragos hacia las mujeres son enormes”
—Marcela Lagarde, Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres, 1998.

La psicología, como el resto de las disciplinas científicas occidentales, nació con definiciones y reglas diseñadas por hombres adultos, blancos y heterosexuales. En todo ello las mujeres permanecimos relegadas a los márgenes, pues se nos negaba la racionalidad, capacidad lógica, abstracción, universalización y objetividad características de la ciencia, restándonos cualquier valor epistémico. Investigaciones llevadas a cabo en las últimas dos décadas del siglo XX por autoras como Evelyn Fox Keller, Sandra Harding, Diana Mafia, Elulalia Pérez Sedeño y Norma Blazquez, entre otras, han analizado el androcentrismo y sexismo presente en la ciencia. Y han probado que, con esta exclusión, a las mujeres se nos negó como sujetos de conocimiento, invisibilizando y/o infravalorando nuestras contribuciones a la ciencia.

En tanto objetos de estudio también se nos ha colocado en un lugar diferenciado (inferior al del hombre), conceptualizándonos como seres biológicamente imperfectos, gobernados por nuestra  pasiones, más cerca de lo instintivo que de lo específicamente humano, irracionales y proclives a la enfermedad "por naturaleza". Si bien desde el siglo XVIII se pueden encontrar precedentes de trabajos y ensayos que cuestionan y revisan las características supuestamente “naturales” atribuidas a las mujeres, será hasta el siglo XX cuando estos estudios se vuelvan corpus teórico. En el ámbito de lo psicológico, fueron fundamentales las contribuciones que desde la antropología (Margaret Mead, George Murdock, Claude Lévi-Strauss, Gayle Rubin, Sherry Ortner y Harriet Whitehead), psicología (Robert Stoller) y sociología (Ann Oakley) permitieron separar las características asociadas al sexo, o sea biológicas, de las características de orden social, adquiridas, y por tanto modificables. Esto problematizó la idea de que las muejeres y hombres se comportaras “naturalmente” de determinada manera.

Sin embargo, a lo largo de su desarrollo, la psicología clínica ha funcionado como un dispositivo de poder en tanto muchas de sus teorías y modelos de intervención terapéutica reproducen valores culturales que legitiman la subordinación de grupos marginados, especialmente de las mujeres. Han omitido de sus análisis las diferencias genéricas derivadas de variables demográficas y socioculturales, lo que ha contribuido a la perpetuación de procesos de desigualdad y discriminación que operan, tanto en los imaginarios sociales, como en la construcción del conocimiento al interior de dicha disciplina.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Al respecto, en  un análisis sociológico sobre la penetración  cultural de la psicología durante el siglo XX, Eva Illuoz señala la legitimación por parte de la psicología al matrimonio de tipo patriarcal. Las consecuencias de ello han sido que, desde la clínica, se  responsabilice a las mujeres por la violencia y el descuido de los hombres, y se les instruya para que entiendan el punto de vista del hombre. Según explica  el análisis de Illouz, la psicología utiliza la jerga técnica para promover puntos de vista misóginos que  perpetúan el statu quo de poder del varón en la familia, mientras legitima la subordinación de las mujeres a partir de su papel reproductivo.

La crítica y denuncia a la patologización de las mujeres y otros grupos subalternos cobró mayor fuerza en el contexto de los movimientos sociales de las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, específicamente con la alianza entre feministas de la segunda ola y el movimiento antipsiquiátrico. Bajo el lema “lo personal es político”,  se arguyó que las manifestaciones de “locura” o  “patología” eran una construcción social dirigida a controlar la conducta de las mujeres dentro de una estructura patriarcal, y que ignoraban el hecho de que pudieran ser una respuesta válida a las formas reales de angustia producidas por la opresión.

Esta alianza entre el movimiento antipsiquiátrico y el feminismo no estuvo exento de tensiones, lo que bifurcó los caminos entre quienes estuvieron en contra de cualquier atención o acompañamiento desde la psiquiatría o la psicología por considerarlos dispositivos de control que patologizan a las mujeres, y quienes exploraron otras rutas de acción terapéutica. Mientras en el campo de la terapia familiar, Marianne Walters, Betty Carter, Peggy Pap, Olga Silverstein, problematizaron la tendencia a estereotipar los roles sexuales en las dinámicas familiares y reproducir con ello estructuras jerárquicas de dominación, cuestionamientos similares llevaron a Emile Dio Bleichmar, Irene Meler, Mabel Burin, Ana María Fernández, Clara Coria, Lourdes Fernández Rius, entre otras latinoamericanas, a reformular conceptos sexistas y androcéntricos principalmente en el psicoanálisis. Sus aportaciones han abierto posibilidades para abordar los problemas que llevan a las mujeres  a terapia y que están relacionados con la desigualdad y opresión.

Desde la terapia feminista, se entiende la subordinación de las mujeres como un aspecto constitutivo de un sistema que conecta la situación de la mujer en la familia con las relaciones sociales de dominación más amplias, es decir que las experiencias personales siempre están vinculadas a una política más amplia: un sistema patriarcal y capitalista. Así,  las causas atribuidas al carácter o la personalidad  se suplantan por un análisis crítico alejado del esencialismo e individualismo, en donde los malestares (ansiedad, depresión, baja autoestima, bulimia, anorexia, entre otros) de las mujeres y  otros grupos oprimidos,  son entendidos como resultado de otras causas. Entre ellas, la falta de legitimidad política, sus cargas de trabajo —generalmente invisibilizadas—, los obstáculos patriarcales para el desarrollo propio y colectivo, y los contextos marcados por  la colonización, violencia y desigualdad en los que viven.

Esta terapia también explora y analiza las intersecciones entre las múltiples identidades tanto de las consultantes como de las terapeutas: sus experiencias de favorecimiento u opresión, así como  sus  disidencias, rebeldía y subversión. En este sentido, la construcción de espacios terapéuticos desde el feminismo demanda un fuerte compromiso ético-político en el que dónde se hace explícito un posicionamiento contra la violencia y cualquier otra forma de dominación y/o negación de los derechos de las mujeres. En ese sentido se busca establecer una relación igualitaria entre terapeuta y consultante, alentando a que sean las segundas, en tanto sujetos  cognoscentes,  quienes propongan sus objetivos personales confiando en su experiencia vivida como forma de conocimiento.

No menos importante en esta práctica terapéutica es señalar caminos alternativos de autocuidado y cuidados que las mujeres históricamente han generado desde relaciones horizontales y sororas. Ejemplo de estos son el activismo en sí mismo, grupos de autoconciencia, grupos de sanación, talleres de defensa personal y de escritura creativa en donde la articulación de la experiencia individual y la colectiva es fundamental para el abordaje de los problemas subjetivos.

Con estos enfoques y herramientas la psicología feminista ha emergido como un elemento renovador de la ciencia psicológica tradicional y desde desde finales del siglo XX es reconocida y validada por el mundo científico. Es importante señalar que a la luz del resurgimiento de vindicaciones feministas en América Latina, principalmente la erradicación de las violencias machistas y la despenalización del aborto, la demanda por integrar este tipo de formación en el currículo de la carrera en psicología, cobra cada vez más fuerza entre las jóvenes.  Si bien el acompañamiento terapéutico feminista no es  el único ni último camino para el autocuidado y empoderamiento, éste busca revertir el orden patriarcal bajo el  cual hemos subjetivado la opresión, y hoy por hoy constituye una alternativa a las terapias sexistas y androcéntricas de dónde las mujeres seguiremos saliendo derrotadas.

Algunos espacios en México que abordan la psicología desde una perspectiva feminista:

• Sorece. Asociación de Psicólogas feministas. Teléfono 55 5161 8600. https://sorece-ac.org/

• InsuRed, Insurectas en Red. Acompañamiento y psicoterapia feminista. https://inredpsicoterapiaf.wixsite.com/

• Red Mexicana de Psicólogas y Terapeutas Feministas. https://amecopress.net/Nosotras-si-las-creemos-Red-mexicana-de-Psicologas-y-Terapeutas-Feministas

 

Ana Celia Chapa Romero
Psicoterapeuta feminista, Profesora-investigadora adscrita a la Facultad de Psicología de la UNAM. Correo electrónico: anachapa@unam.mx

 

Bibliografía

Bosch, Esperanza, Ferrer, Victoria & Alzamora, Aina. (2005) “Algunas claves para una psicoterapia de orientación feminista en mujeres que han padecido violencia de género”. Feminismo/s, 6, 121-136.

Burin, Mabel (2012). Género y salud mental: construcción de la subjetividad femenina y masculina.

Díaz, Mariwilda Padilla (2014). “Enfoque feminista de consejería: perspectivas generales para abordar a la consejería profesional desde un entendimiento teórico-práctico”. Revista Griot, 7 (1), 61-72.

Illouz, Eva (2010). La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda. Buenos Aires, Romanyá Valls.

Lagarde Marcela  (1998). Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres: Memoria. Puntos de Encuentro.

Parada, Tatiana (2019). De la locura feminista al “feminismo loco”: Hacia una transformación de las políticas de género en la salud mental contemporánea. Investigaciones feministas, 10(2), 399-417.

Russell, Shona  & Maggie Carey (2003). “Feminism, therapy and narrative ideas: Exploring some not so commonly asked questions.” International Journal of Narrative Therapy & Community Work, 67.

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Publicado en: Paradigma, Salud mental